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lunes, 26 de septiembre de 2011

Carpe diem

Y sí. No hacer nada cansa. Cansa más, no hacer nada que hacer algo. El domingo me levanté a las 11:30. Estuve un rato en la compu, recalenté unas porciones de pizza que me habían sobrado del sábado y me las comí mientras miraba un rato de tele. Terminé mi almuerzo y no pude evitar volver a la cama. Estaba agotada. Lo que suponía sería una siestita reparadora de domingo, terminó siendo un profundo sueño de cuatro largas horas de siesta dominguera. Cuando me levanté era un zombi. No sabía ni cómo me llamaba. Desorientación temporal. Confusión existencial. Desconcierto total. Estaba desubicada en tiempo y espacio. Sentía que me había pasado un camión por encima. Estaba completamente destruida. Lo peor de todo era el dolor de cuello. Se ve que como me desplomé de sueño, no tuve tiempo de acomodarme correctamente en la cama y me dormí con el almohadón grande debajo del cuello. Estaba destruida, me sentía cansada, dolorida y culpable. Sí. Culpable por haber desperdiciado otro domingo más sin que nada interesante pasara...
¿Dónde quedaron mis ganas de vivir?
En la dorada juventud.
¿Dónde quedó aquella frase de la película La Sociedad de los Poetas Muertos “Carpe diem”?
Ni idea.
Pero como amo las asociaciones libres, cierro este texto con una bonita reflexión digna de una pensadora contemporánea sexualmente inactiva como yo.
El término latín Carpe viene del vocablo sexual Carpita. En mi caso, hace meses que no veo una. Por otro lado, la palabra diem combinada con la imagen de una sabrosa carpita un domingo a la tarde, me lleva a una última conclusión.  Que alguien me diem pronto porque entre mi deterioro físico y mi estado larvático profundo, o me hago monja, o fundo la Sociedad de las Pocholas Muertas.
26 de septiembre de 2011 – Diario de Maria PENE, digo Pena. Perdón, es que ando con la idea FIFA, digo fija.

martes, 20 de septiembre de 2011

Nunca dejes de alentar

Hoy me levanté más temprano que de costumbre. Decidí a empezar, por vigésima cuarta vez en este año, el gimnasio. Además de las carnes flojas, tengo problemas de espalda y una postura al estilo “El Jorobado de Notre Dame” que debo corregir.
Empecé hoy, martes, porque ayer falté. Sí, falté el primer día. Y bueno, imaginarme con mancuernas en la mano o caminando en la cinta era un panorama tan espantoso y desalentador para comenzar la semana, que decidí postergarlo y empezar un día después.
Pero basta de preámbulos y vamos a la acción.
La secuencia de hechos que me sucedieron esta mañana parecía una parodia del cine mudo, pero a color.
La misma se detalla a continuación:

1.      Sonó la alarma 7:30.
2.      ¿Postergar o apagar?, me preguntó el celular.
3.      Postergar 10 minutos,  respondí apretando un botón.
4.      Dormí 10 minutos más, en realidad, me desmayé sobre el colchón 10 hermosos minutos más.
5.      Volvió a sonar la alarma.
6.      ¿Postergar o apagar?, me preguntó el teléfono otra vez.
7.      Postergar 5 minutos,  fue mi respuesta.
8.      No me podía levantar. Cerré los ojos y me sumergí en ese entresueño acogedor, esos adorables 5 minutitos más que son reparadores para el alma.
9.      La alarma sonó una vez más.
10.  ¿Postergar o apagar?
11.  Postergar 5 minutos. “Después de estos 5 minutos me levanto sí o sí”, pensé.
12.  Me desplomé una vez más, y hasta soñé que estaba en la playa.
13.  “Arriba Juan, arriba Juan, ya cantó el gallito…” la canción que uso como despertador sonó por cuarta vez.
14.  ¿Postergar o apagar?
15.  Apagar, elegí esta vez. Ya no la podía estirar más.
16.  Me destapé para despabilarme más rápido
17.  Apoyé los pies en el piso, al costado de la cama y me obligué a levantarme. No tenía demasiadas ganas.
18.  Fui al baño y mientras meaba, hice un simple cálculo matemático.10+5+5=20
19.  Volví corriendo a mi dormitorio y en el apuro, me golpeé el dedito del pie contra la pata de la cama.
20.  Mientras saltaba del dolor, hice otro simple cálculo estimativo del tiempo restante. Si había estado 20 minutos haciendo fiaca, sólo me quedaban 5 para cambiarme, arreglarme, irme de mi casa y llegar a tiempo a mi primera clase en el gimnasio.
21.  Me puse lo primero que encontré. Un par de calzas negras, una remera holgada gris con un símbolo de la paz, soquetes blancos y zapatillas blancas (las únicas que tengo).
22.  El dedito me latía.
23.  Dejé todo el cuarto desordenado y la ropa tirada por todos lados. Un caos.
24.  Me choqué el hombro contra un mueble mientras corría de nuevo al baño.
25.  Me miré al espejo. Estaba hecha un espanto.
26.  Me lavé la cara con agua bien fría para intentar bajar la hinchazón de los ojos.
27.  Me até la maraña ingobernable que tengo de pelo con una hebilla negra. No tenía tiempo para peinarme.
28.  Todavía tenía la almohada pegada a la cara.
29.  Me puse los anteojos de sol. Debía esconderme detrás de las gafas para salir a la calle y enfrentar a la sociedad con esa cara.
30.  Agarré la mochila y las llaves de mi departamento y salí corriendo.
31.  Casi me resbalo en el pasillo recién encerado.
32.  Bajé hasta la planta baja en el ascensor.
33.  Justo estaba entrando la vecina del 4to B al edificio así que ni siquiera tuve que abrir la puerta del hall de entrada. Ahorré un par de segundos con esta acción.
34.  Las dos cuadras hasta el gimnasio las hice casi corriendo.
35.  Llegué. El reloj decía 8:01.
36.  “Hola Maria”, escuché una voz gruesa en mi espalda, casi como un susurro en mi oído.
37.  Giré para ver de dónde venía esa seductora voz masculina
38.  “Hola”, le respondí al profesor del gimnasio “Casi llego tarde. Mil perdones. Me quedé dormida.”
39.  “No hay problema”, me respondió. Bajó rápidamente la cabeza y se retiró al sector de aparatos. Desde allí me llamó para que empezáramos con la rutina.
40.  DANGER. Una alarma interna de peligro sonaba en mi cuerpo.
41.  DANGER. Algo estaba mal.
42.  DANGER. El profesor me había susurrado al oído un insinuante “Hola” y después, de golpe, había salido espantado ante mi respuesta.
43.  DANGER. ¿Había dicho algo fuera de lugar? ¿Algo que lo hubiera ofendido?
44.  DANGER. El sensor interno seguía sonando.
45.  DANGER.  Detecté la falla. Me quería matar. No habían sido mis palabras las que habían ahuyentado al musculoso, era mi repelente aliento hediondo de ultratumba matinal capaz de derretir el pavimento el que lo había hecho. Recién ahí me di cuenta. Me había ido de mi casa sin lavarme los dientes…

20 de septiembre de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer entusiasta, acostumbrada siempre a dar aliento a los demás…

lunes, 12 de septiembre de 2011

A mover el esqueleto

El sábado salí con unas amigas, fuimos a bailar. Hacía tiempo que no íbamos de parranda por ahí a “mover el esqueleto”.
Es duro, pero hay que asumirlo. Lo que se dice “mover”, nos movimos, de eso no hay dudas. Lo que debería reformular es la frase en sí. A saber: movimos las cachas, sacudimos los colgajos de los brazos, bamboleamos la grasa abdominal, zarandeamos los músculos sin tonificar; pero ahora, lo que se dice mover el esqueleto, la estructura ósea propiamente dicha, eso sí que no sucedió. Más bien, yo parecía tener el cuerpo enyesado, atado al piso o amurado a la pared.
Siempre fui muy patadura para el baile, pero la humillación que fue verme en el video que grabó una amiga en el boliche, fue condenatoria. ¡Me costó reconocerme! ¡Estaba igualita mi tía Pocha en el casamiento de mi prima!
Tengo una imagen puntual que no me deja dormir y se repite una y otra vez en mi mente. Mi cabeza moviéndose hacia adelante y hacia atrás, como siguiendo una coreografía egipcio-tutancamónica y mi papada inflándose y desinflándose según la presión que ejercía mi mentón sobre el cuello… ¡Tengo la misma papada de la tía Pocha!
Ahora, me pregunto, si me veía tan mal, en una simple filmación de baja calidad de un celular pedorro, no me imagino lo que será mi imagen en HD o peor aun, en cámara lenta. Sin lugar a dudas, soy, la versión humana de un trozo de gelatina pegado a un plato que oscila de un lado al otro sin ritmo ni gracia.

12 de septiembre de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer de esqueleto rígido y carnes blandas.

Aprovecho esta oportunidad, para declarar públicamente mi repudio a los videitos caseros. (Todavía no sé cuántos años de terapia necesitaré para superar semejante pesadilla)

martes, 30 de agosto de 2011

La espero en mi despacho

Esta mañana, mi jefe me llamó a su oficina. Siempre me da miedo cruzar esa puerta. Pero, hoy se lo veía feliz, emocionado. Apenas entré, me miró, y con una sonrisa en los labios me dijo:
-          Maria, llevás muchos años trabajando con nosotros. Tu disponibilidad absoluta ha sido determinante para nuestro progreso. Has demostrado mucho compromiso, confidencialidad y eficiencia.  Siempre te has mostrado muy cumplidora con las tareas y órdenes que se te han impartido, pero no por eso, has dejado de lado tu autonomía para resolver conflictos. Eres amable, confiable, dinámica y muy atenta. Creo que ha llegado la hora de…- mi cabeza iba a mil mientras pensaba “que diga AUMENTO, que diga AUMENTO, que diga AUMENTO” - Creo que ha llegado la hora de que formes parte de nuestra familia.
Bueno. No había dicho la palabra aumento, pero estábamos cerca. Una gran ansiedad me asfixiaba por completo. Él, siguió hablando:
-          Y, como a partir de hoy, formás parte de nuestro núcleo más íntimo, quiero darte algo… - ahora, sí, lo iba a decir, iba a decir la palabra mágica  “AUMENTO”  - Quiero darte algo, algo que sé que hace tiempo estás esperando…
¡Basta! Necesitaba ponerle fin a esa tortura. Demasiado suspenso para una sola charla.
De repente, lo vi que caminaba hacia mí. Extendió sus brazos como para abrazarme, pero antes, me tomó la mano y depositó en ella un elemento que no pude ver, porque inmediatamente después de haberlo dejado, cerró mi mano y la sostuvo entre las suyas, como quien acaba de entregar un pequeño tesoro.
-          Toma esto Maria. Ya sólo me queda decirte “Gracias”.
Apenas terminó de pronunciar estas palabras, me abrazó. Se lo notaba muy movilizado.
-          Gracias, doctor. – le dije, sin poder abrir la mano por lo incómodo que me resultaba inspeccionar su regalo frente suyo y continué – Es un honor para mí, que usted me considere parte de su familia.
Le pedí permiso para retirarme y apenas cerré la puerta de su despacho, abrí mi mano para ver qué era lo que me había dado. El sudor nervioso había hecho estragos en mis extremidades superiores. Tenía la mano exageradamente transpirada. Esos segundos fueron interminables. Mis dedos no terminaban más de elevarse para dejarme ver lo que había en la palma. Hasta que lo vi. Estaba ahí, frente a mis ojos. EL ANSIADO “PIN” O PRENDEDOR DE LOS 10 AÑOS DE LA EMPRESA….


30 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, a partir de hoy,  como ya formo parte de su familia, tengo miedo que, dentro de poco, me digan que como es un negocio familiar, ya no voy a cobrar más un sueldo fijo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Si nunca te pido nada...

“Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela.”
Pitágoras

“Por favor. Es esta vez, nada más. Si yo nunca te pido nada…”
“Viste que yo nunca te molesto; bueno, necesito que me hagas este gran favor, por única vez…” 
“Sabés que yo nunca te jodo, pero justo hoy…”
Por lo general, la gente que usa estas frases es la que vive rompiéndole las pelotas al resto. Si nunca pedís nada, no hace falta convencer a nadie de ello.
Realmente me reconforta ayudar a los demás, y con el paso del tiempo, también he aprendido a pedir ayuda cuando la necesito. No estoy hablando de esto ahora. Me refiero a esas personas que viven creyendo que recibir ayuda es un derecho adquirido y que siempre habrá alguien dispuesto a llevarles su carga o solucionarles sus problemas.
Me enoja mucho que, por lo general, estos seres pedigüeños e inescrupulosos se empecinen en generar un pseudo sentimiento de culpa en el otro para que uno se vea obligado a ayudarlos siempre.
Hay gente que está acostumbrada a que le den, a que las ayuden y socorran todo el tiempo. Se meten constantemente en problemas o en situaciones que no pueden resolver porque saben que siempre aparecerá ese alguien “al que nunca han molestado para pedirle un favor” que les va a sacar las papas del fuego. Son muy insistentes y caradura. Cubrir sus necesidades y brindarles la ayuda que necesitan, pasa a ser una tarea del otro…
Nadie está en la obligación de ayudar a nadie. El hecho de brindar ayudar debe ser un gesto espontáneo. Es parte de la esencia del ser humano, la necesidad instintiva de ayudar a los demás, porque ayudando a los otros, uno se está ayudando a sí mismo también.
Soy una persona de sí fácil. Lo reconozco. Pero ayer a la noche, la situación llegó a un límite.
Mi vecina del lado cruzó el umbral de mi tolerancia. Suele golpearme la puerta en la medianoche para pedirme cosas. Para ella no existen ni  fines de semana ni feriados para romperme las pelotas. Después del “Hola, Maria” siempre intenta darme lástima, argumentando el motivo de su nuevo mangazo y excusándose con que ella "nunca me pide nada".
Enumero a continuación una lista de algunos de los préstamos realizados en los últimos 12 meses a mi adorable vecina del departamento "B":
Elemento: estufa eléctrica
Argumento lastimoso: el hijito menor (18 años) se le enferma cada dos por tres porque no tienen calefacción en el baño para ducharse en el invierno.
Condición actual: paradero desconocido. El artefacto jamás fue devuelto.

Elemento: cámara fotográfica digital
Argumento lastimoso: vienen sus nietitos a visitarla y no tiene para sacarles ni una sola foto.
Condición actual: recuperado. Me pide la cámara todos los fines de semana sin excepción. Si no voy personalmente a pedirle que me la devuelva, jamás lo hace por voluntad propia. Varias veces me he visto en la situación de tener que defender y argumentar el motivo por el cual le estaba pidiendo que me devolviera MI propia cámara.

Elemento: licuadora
Argumento lastimoso: nunca sale a ningún lado, no tiene amigas con quien ir a tomar un licuadito a una confitería y, una vez al mes por lo menos, le dan ganas de darse un gustito y tomarse un licuado de banana.
Condición actual: recuperado pero con roturas irreversibles. Se le resbaló la jarra mientras la lavaba. Me prometió que me compraría una nueva. El episodio sucedió hace más de seis meses y todavía el electrodoméstico no ha sido reemplazado.

Elemento: computadora personal
Argumento lastimoso: el hijito tiene que presentar un trabajo práctico para el colegio y tiene la compu rota. Le pregunté por la posibilidad de que el púber vaya a un Cyber y se ofendió, poniendo como excusa que ella no podía afrontar el gasto de pagar la reparación, además de las horas de internet y trabajo en el locutorio.
Condición actual: segura y en perfecto estado. Jamás fue entregada. Apelé a mi creatividad argumental y le dije que la mía también se había roto.

Elemento: Billetes varios de 2, 5 y 10 pesos.
Argumento lastimoso: nunca tiene cambio.
Condición actual: más que paradero desconocido, desaparición como por arte de magia. Billete que le doy, nunca vuelve a aparecer. Jamás me devolvió un peso.

Elemento: el Vademecum entero. Bayaspirina, Actron, Dramamine y hasta Valium (sabe además que yo no tomo ni ansiolíticos ni miorelajantes).
Argumento lastimoso: le duele siempre la cabeza, la espalda, está mareada, muy nerviosa y no puede dormir porque los problemas la superan. Ir a la farmacia a comprarse un blíster no es una posibilidad certera jamás.
Condición actual: desabastecimiento. Mi botiquín está completamente vacío.

Y por último, y no por eso menos importante, está  la gota de rebalsó el vaso.

Ayer por la noche vino a visitarme mi abuela. Hacía muchísimo que no venía. Desde que murió mi abuelo, le cuesta mucho salir de su casa. Vino tempranito, a cocinarme algo rico para cenar juntas. A los diez minutos de haber puesto un pie en mi casa, mi vecinita tocó el timbre. 
-          Hola Maria. Disculpame que te moleste. Pero me pareció escuchar la voz de tu abuelita. ¿Puede ser?
-          Sí, vino a visitarme después de mucho tiempo. Se ve que tenés una conexión telepática con ella porque casi ni tuvimos posibilidad de hablar y vos ya la escuchaste…
-          ¡Ay! Es que la quiero tanto a tu abuela… Che, Maria, viste que yo nunca te pido nada, ¿no? Bueno. Vine porque quería saludar a tu abuelita y de paso preguntarle una cosita… Porque viste, ayer fui al dentista y parece que me tiene que sacar un par de muelas y hacerme una prótesis nueva… Y los precios de las dentaduras postizas están por las nubes así que, como sé que ella aun no pudo desprenderse de nada de tu abuelo, quería saber si conservaba alguna dentadura de él que ya no le sirva o que ya no use…

29 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, ¡me mangueó la dentadura de mi difunto abuelo! ¡Lo peor de todo fue cuando me aclaró que no le daba asco probársela porque me consideraba parte de su familia!!!!!!
Dedicado a Carmencita.

viernes, 26 de agosto de 2011

Política y Burocracia

El término burocracia viene del francés " bureaucratie", y este de bureau, oficina, escritorio, y -cratie, -cracia: gobierno. "El gobierno de las normas y organización explícitas" En un sentido original, que se traslada al uso común, burocracia se asocia a ineficiencia, pereza y derroche de medios.

Todo comenzó esta mañana cuando tuve que ir al banco a comprar un sellado. Un simple sellado de diez pesos. Un trámite que puede llevar, como mucho, cinco minutos, si se incluye el saludo de bienvenida y despedida al cajero que te atendió y el tiempo que uno invierte en volver a guardar la billetera en la cartera. Una operación aparentemente sencilla.
Por lo general, intento evitar hacer trámites. Simplemente, les tengo alergia, fobia. Los odio. Rechazo profundamente perder tiempo. Sin embargo, hoy tuve que apersonarme en una entidad bancaria contra mi voluntad. No me quedaba otra. Pedí autorización en el trabajo para entrar más tarde porque necesitaba comprar ese bendito sellado. A las diez en punto estaba en la puerta del banco. Tenía más o menos cuarenta personas adelante. Me lo tomé con calma, porque a pesar de que me pone muy nerviosa perder tiempo haciendo colas, recién tenía que entrar a laburar a la doce, así que me puse los auriculares y me abstraje del mundo por un rato.
El tema es que, el tiempo pasaba y la cola no avanzaba. A las once, aun tenía treinta personas delante. Once y cuarto apagué la música, empezaba a ponerme nerviosa. Once y veinte comencé a mover los dedos de las manos en ese gesto típico de impaciencia, como si estuviera tocando el piano. Once y veinticinco escucho que el señor que estaba detrás de mí, comienza con ese discurso típico argentino:
-         Esto en Suiza no pasa. En Suiza, el horario de atención al público en los bancos es de ocho horas… Este país es una vergüenza… Estamos haciendo la cola hace más de una hora y media y tenemos para una hora más por lo menos. ¡Qué país, por Dios!
Lo miré mientras hablaba y después bajé la cabeza. Yo también estaba fastidiosa pero no emití opinión. La reacción de mi entorno fue completamente diferente. Se generó un revuelo importante. El pasillo se llenó de acotaciones sobre lo vergonzoso que era tenernos esperando allí y la falta de respeto que eso suponía para los clientes. En eso, otro hombre, tomó la palabra y, proyectando la voz hacia los mostradores del banco, gritó:
-         Ya falta poco para las doce. ¿Por qué no nos traen algo para ir picando? Total, hasta la una del mediodía seguro no nos vamos de acá…
Ahí recién caí. Tomé conciencia de que si me quedaba allí hasta que me atendieran, llegaría tarde al trabajo. Maldije internamente al sistema burocrático, al sellado de diez pesos, a los trámites en general y a los que toman como ejemplo lo que sucede en otros países del mundo para quejarse del propio, pero no hacen nada para que la sociedad mejore. Odié profundamente haber perdido el tiempo intentando hacer ese simple trámite fallido, pero como suelo refugiarme en el humor para canalizar mis broncas, se me ocurrió una idea para antes de irme.
Apreté la cartera contra mi cuerpo, como quien ha decidido abandonar un lugar, di media vuelta encarando hacia la salida y dirigiéndome a mis compañeros de cola, comencé con mi discurso de despedida. Siempre que las situaciones me sobrepasan suelo apelar a la ironía y el humor para descomprimir y desdramatizar la situación:
-         Queridos compañeros de la fila del banco. Colegas de la espera. Camaradas del tiempo perdido. Me veo en la obligación de abandonar mi lugar en la hilera. Pero me voy, dejándoles algo que espero sepan atesorar para siempre en sus corazones. Les regalo TIEMPO DE VIDA. Tiempo para que disfruten junto a sus hijos, a su pareja, a sus nietos. Tiempo libre para contemplar el cielo o, hasta incluso, para viajar a Suiza. Me voy, y cuando lleguen al cajero y terminen con su trámite, quince minutos antes de lo esperado, no olviden cerrar sus ojos y recordar a esta humilde mujer que hoy se retira antes y les obsequia quince minutos menos en esta agobiante espera… Sin otro particular, me despido atentamente.
El hombre de atrás me miraba desorientado hasta que, tímidamente comenzó a reírse y contagió a varios de los que estaban a nuestro alrededor. Sentí que había logrado mi cometido: descontracturar un poco la situación con una pequeña cuota de humor.
En eso, de atrás de la cola se escucha un estrepitoso “¡BRAVO! ¡BRAVÍSIMO!” y una señora de unos sesenta y cinco años, muy emocionada me abraza con lágrimas en los ojos.
-         Me conmoviste querida. Gracias. – agregó mientras me tomaba fuertemente de las manos pidiendo a viva voz un aplauso para la “señorita” o sea, para mí.
Se escucharon por allí algunos golpes de palmas timoratos, pero los de la señora, esos sí que aturdían y resonaban. Desbordada de emoción, la mujer agregó:
-         ¡Políticos así necesitamos en la Argentina! ¿Usted es candidata por algún partido?

26 de junio de 2011 – Diario de Maria Pena, conclusiones del día de hoy: por un lado, mi odio por hacer trámites se acrecentó. Por el otro, después de hacerme la graciosa, una persona desconocida me propuso como ejemplo de la política argentina…
¿Será que la mujer no entendió mi humor o que hacer política es un chiste?

Dedicado a todas las víctimas de la burocracia que estuvieron durante más de una hora haciendo la cola conmigo.

domingo, 21 de agosto de 2011

Y vos, Maria, ¿para cuándo?

El viernes se casó mi prima por civil, y este episodio se convirtió en un empujón más que me dio la vida hacia el abismo. Ya no tengo consuelo, ni bálsamo que logre aplacar mi desesperación y mi vacio.  Dentro del núcleo familiar se solían levantar apuestas sobre quién de las dos quedaría solterona. Y, adivinen quién se ha quedado con el primer con el primer lugar en todas las apuestas. Sí, yo, María, la eterna “unipersonal”.
Celeste, mi prima, siempre fue considerada como el eslabón perdido entre el ornitorrinco y el ser humano. Piernas extremadamente cortas y regordetas, pelo símil virulana, nariz tipo morcilla inflamada, ojeras grisáceas con algunas tonalidades en verde, cuello ausente, voz taladrante y abdomen muy prominente.
De chicas éramos inseparables. Siempre decíamos que éramos hermanas. Parecíamos dos gotas de agua, a excepción de que en la adolescencia, a ella le crecieron dos cabezas de enano junto a su pecho y a mí, sólo dos lastimosas pasitas de uva. Le decían “Celestetota”. Su apodo, obviamente, hacía referencia a esos envidiables atributos delanteros que siempre lució sin ningún tipo de prejuicio.
Ayer, sábado, mi prima se casó por iglesia. Ayer, sábado, Celeste tuvo su soñada fiesta de bodas. Ayer, sábado, Celestota me abandonó. Ayer, sábado, la muy hija de puta me dejó sola con un cartel en la frente que dice “ÚNICA MUJER DE MÁS DE 30 AÑOS SOLTERA DE TODA LA FAMILIA”. Ayer, sábado, se batió el record mundial de personas que vinieron a romperme las pelotas preguntándome de forma desubicada, insistente y taladrante: “Y vos, María, ¿para cuándo?”
De todas mis respuestas, rescato la que le hice a mi mamá a la salida de la iglesia, mientras los novios saludaban después de la boda. Mi madre, siempre tan oportuna, aprovechó el momento en el que un par lágrimas de emoción caían de mis ojos,  y me preguntó:
-          ¿Cuándo llegará el día en que te vistas de largo, hija mía, y sea tu boda a la que estemos invitados?
-          Nunca, mamá, nunca. – le respondí mientras me sonaba la nariz y me limpiaba cuidadosamente las lágrimas para no correr el maquillaje.
-          ¿Cómo hija que nunca? No hay que perder las esperanzas. Algún día, el amor golpeará a tu puerta…
-          Sí, ya sé. Las esperanzas de encontrar al amor de mi vida, aun las conservo, mamá – la interrumpí – No es eso. Es que, con lo gorda que me estoy poniendo, de “largo” jamás me casaré, en todo caso, será de “ancho”…


21 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, y vos, ¿para cuándo?

viernes, 12 de agosto de 2011

Una peli de terror

Ayer no me podía dormir. Me enganché mirando una película. Desde la adolescencia que no veía una de terror. Estaba desvelada. Y un poco pasada de vuelta también. No encontraba posición en la cama y el sueño no venía. Entonces prendí la tele. Error. Ya no me pude dormir más. Comencé a pasar los canales. No encontraba nada bueno para ver, hasta que, en uno de esos canales de películas, vi la típica escena de 8 jóvenes en una laguna, quitándose la ropa y sumergiéndose en aguas cristalinas entre risas y caricias. Di por sentado que estaba frente a una película de terror. Y así fue. Jóvenes que se pierden, desperfectos en los vehículos, rutas desiertas, casas deshabitadas, sonidos extraños, nadie en la gasolinera y la noche que se avecina…
Más que asustarme, me cagué de la risa. Era una estupidez detrás de la otra. Todas las situaciones eran increíblemente absurdas.
Por ejemplo:
·         Una poderosa luz estallaba a través de las rendijas de puertas cerradas de la mansión donde decidieron pasar la noche anunciando el peligro. Mi conclusión fue que entre asesinato y asesinato, los actores de reparto tenían una changuita. Un kiosquito de fotocopias. Sacaban copias detrás de la escenografía. ¡Esa luz no tenía nada que ver ahí! Además, con un sueldo de extra en una película de cuarta, no le alcanza a nadie para vivir, eso es obvio.
·         La cantidad de cuchillos que había en esa casa era impresionante. ¡Tenedores, no se vio ninguno!
·         La morada donde se refugiaron estaba deshabitada hacía más de 100 años según las leyendas del lugar, pero el asesino encendió la sierra eléctrica de un solo tirón. ¡Estaba aceitada, con combustible y en perfectas condiciones!
·         Cualquier mínimo tajito o corte que sufrían los protagonistas, la sangre saltaba como expulsada a chorro por una pistolita de agua. ¡Infaltable este aparatito para guerras de agua por su largo alcance!
Terminó la película y me dolía la panza de lo que me había reído. Me quedé saboreando un rico gusto a bizarro y ridiculez atómica por un ratito antes de apagar la tele. Apoyé la cara en la almohada y cerré los ojos. Había logrado despejar mi cabeza. Seguramente ahora sí iba a poder dormir. En eso, empecé a escuchar unos ruidos raros que venían de la cocina. “Tranquila, es simple sugestión” me dije, pero no pude volver a cerrar los ojos. Los tenía abiertos como dos huevos fritos. Me dieron ganas de hacer pis. Ni en pedo me levantaba para ir al baño. Me metí debajo de la colcha. Pasé de la risa y la burla al ridículo, a estar re cagada de miedo, sola en una casa, llena de ruidos  amenazantes en plena oscuridad. Estaba aterrada. Tanteé con una mano la mesita de luz y agarré el celular. Me lo puse debajo de la almohada por si tenía que hacer una llamada de emergencia y me volví a esconder debajo de las sábanas. Por suerte, ahí me sentía protegida. (Como si las frazadas de la cama fueran de manta blindada, o un escondite a prueba de criminales asesinos, o, simplemente, me protegieran de un posible ataque con cuchillos a manos de un demente esquizofrénico).
12 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, para la próxima, avisen si vienen a matarme en medio de la noche, así estoy depilada y con un lindo conjuntito de encaje. Una nunca sabe en qué momento el amor llamará a su puerta…

lunes, 25 de julio de 2011

Rutina y virilidad laboral

Todos los días la misma rutina. Hace más de 5 años que repito todos los días las mismas acciones, los mismos trayectos. Como si mi vida fuera parte de un ritual mayor en el que debe repetirse diariamente la misma ceremonia por miedo a un inminente final apocalíptico. El despertador suena a la misma hora… La ducha, el café con leche, esperar el ascensor, saludar a los vecinos, caminar hasta la parada, tomarse el colectivo… Me siento como un esténcil. Siempre igual. Levantás la planchuela, la apoyás en la pared, apretás el aerosol y ya podés ver cómo será mi próximo día. Encima, en el laburo me exprimen como a una esponja… No doy más…
Basta, creo que me merezco algo mejor. Mientras escribo esto, caigo en la cuenta que hace 5 años que tengo el mismo puesto en la oficina y mi sueldo prácticamente no se ha incrementado. Lo que sí han aumentado, son las horas que me paso en este lugar lleno de legajos, porque cada vez me dan más cosas para hacer. Hoy es un día de esos en los que siento la brisa del cambio soplar… Una bisagra en mi vida, un antes y un después…
¡Basta! Ya lo decidí: voy a hablarle a mi jefe. Necesito sentir que en el lugar donde paso más de 8 horas de mi vida, todos los días, alguien reconoce mi esfuerzo y lo valora. Allí voy.
Me tiemblan las piernas. No quiero pensar. La decisión está tomada. Es justa. No le voy a quitar nada a nadie, sólo voy a reclamar algo que creo que me corresponde: un ascenso o un aumento salarial. Camino hacia adelante. Ya no hay vuelta atrás. Estoy en la puerta de su despacho. Golpeo. El corazón me va a explotar. No sé donde esconder mis manos sudorosas.
-          Adelante.
-          Buen día, doctor.
-          Buen día Maria. ¿Qué te trae por acá?
-          Disculpe la molestia, pero quería hablar unas palabras con usted.
-          Pero Maria, no es ninguna molestia. Decime. ¿Qué ocurre?
La alerta de posible “Ataque de pánico” se activó en mi organismo. No sé por dónde empezar. Quiero usar las palabras correctas. Respetuosa pero convincente.
-          Doctor, usted sabe que hace más de 5 años que yo trabajo en su oficina y jamás he faltado ni le he fallado en nada de lo que me ha pedido. No soy una persona muy puntual en la vida, pero así y todo, me he esforzado por llegar a horario todos los días desde que trabajo con usted. Comprendo perfectamente que esto no merece ninguna felicitación extraordinaria, ya que lo considero parte de mis obligaciones laborales, pero, teniendo en cuenta los aumentos y el alto nivel de inflación que sufrimos todos los argentinos, es que me parece oportuno solicitarle un aumento. Mis obligaciones han ido creciendo pero mi salario ha sido siempre el mismo.
Nada. No hay respuesta en su rostro. Su cara de póker me atemoriza, pero estoy decidida y voy a arremeter con todo.
-          Además, no es que yo me esté comparando con mis compañeros varones, pero muchos de ellos, han sido ascendidos a pesar de haber ingresado al estudio mucho después que yo.
-          Maria, por favor, ¿no estarás insinuando que en esta oficina no se respetan los derechos de igualdad entre hombres y mujeres? No quisiera pensar que ésta es una acusación sexista o que considerás el accionar de la compañía como machista…
-          Jamás diría eso señor. Sólo dije que me resulta llamativo que otros compañeros hombres… - quería seguir explicándole mi punto de vista, pero me él elevó la voz.
-          Aquí no discriminamos a las mujeres, Maria. La falta de incremento en tu sueldo no se debe a que seas mujer… - ahora fue mi turno de interrumpirlo.
-          No, señor. De eso no hay dudas. La falta de incremento en mi sueldo no se debe a que yo sea mujer, sino a que la decisión la toma el directorio, y este está formado únicamente por hombres….

25 de julio de 2011 – Diario de Maria Pena, si por lo menos tuviera buen culo o buenas tetas creo que la situación sería otra.
IMPORTANTE ACLARACIÓN: No sólo no perdí el puesto con mi contestación, si no que el jefe me dijo que iba a tratar mi tema en la junta del directorio.

viernes, 15 de julio de 2011

Madre hay una sola

Volví de trabajar. Estaba fusilada. Ni las piernas ni la cabeza me respondían. Encima, hoy a la noche, tengo el cumpleaños de la tía Pocha. Mujer solterona, malhumorada, de pésimo carácter, con unos cuantos kilos de más. Comentario al margen, yo voy camino a convertirme en la tía Pocha 2 en un par de años, lo tengo muy asumido…
Llegué a mi casa e intenté relajarme mirando un poco de tele con una rica y calórica merienda.
Apenas me acosté, sonó el teléfono de línea. No atendí. Lo dejé sonar un rato porque no tenía ganas ni fuerza para levantarme. Estaba decidida a que nada interrumpiera mi merecida pausa.
Pocos minutos después, la paz volvió a ser flagelada por ese ring homicida. Casi nunca uso el teléfono fijo. Para comunicarme con mis amigos uso mensajes de texto y tengo llamadas gratis con casi todos los integrantes de mi familia por el plan del celular. Pero este llamado era obstinado. Ante tanta insistencia, me tuve que levantar. Deseaba que fuera algo importante, algo que valiera la interrupción de mi meritorio reposo.
- Hola – dije con de fastidio
-¡Hola! ¡Ay! ¡Por fin! Maria, ¿dónde estás? - era la voz nerviosa de mi mamá.
-En mi casa – le respondí - ¿Dónde voy a estar si me estás llamando al teléfono fijo?
-Ay, ¿y por qué no contestabas?
-Porque estaba durmiendo.
-Pero, ¿fuiste a trabajar? Maria, el trabajo hay que cuidarlo… ¡Te van a echar si faltas tanto!
-Mami,  hace 5 años que tengo el mismo laburo y jamás falté ni un solo día. Llegué y me acosté porque estaba cansada… Nada más…
-Ah, bueno, mejor así. ¿Y no te fuiste todavía a lo de la tía?
-No, mamá. No fui todavía. Sigo en el mismo lugar de antes hablando por teléfono con vos.
-Ay, Maria, es el cumpleaños hoy. No me digas que te olvidaste. Sabés que la tía está viejita…
-No, mamá. No me olvidé. Sólo intentaba relajarme en la cama un rato después de un demoledor día de trabajo…
-Bueno, no vas a llegar tarde. Sabés que a la tía la fastidia la impuntualidad. Ay, Maria, no puedo estar atrás tuyo todo el tiempo, pendiente de tus cosas como cuando eras una niña. Tenés que independizarte un poquito de mamita… Bla bla bla bla bla...


15 de julio de 2011 – Diario de Maria Pena, menos mal que madre hay una sola…

miércoles, 13 de julio de 2011

Hablar sin decir nada

Cuando los encuentros entre dos personas son un simple intercambio de frases huecas… Cuando se habla pero no se dice ABSOLUTAMENTE NADA.
Hoy tuve esa anómala, pero cotidiana conversación de todas las mañanas, con el vecino del 5to piso:

Pablo: ¡Hola, María! ¿Todo bien?
Maria: Bien, ¿y vos?
Pablo: Bien, bien. ¿Vos?
Maria: Bárbaro ¿Qué es de tu vida?
Pablo: Bien, todo en orden. ¿Tus cosas?
Maria: Todo tranquilo por suerte.
Pablo: Bueno, che… Te dejo que estoy a mil. ¿Dale?
Maria: Dale, dale. Nos vemos en cualquier momento.
Pablo: Dale. Suerte.
Maria: Igualmente. Chau.
Pablo: Chau. Chau

La conversación en realidad debería haber sido algo así, evitando todo tipo de formalidades (versión mariapénica recargada):

Pablo: Hola, María.
Maria: Hola. ¿Todo bien?
Pablo: No. Estoy para atrás. ¿Y vos?
Maria: Como el orto también. ¿Vos?
Pablo: ¡Qué carajo te importa! Para qué me lo preguntás, si lo estás haciendo por compromiso nada más.
Maria: La verdad, tenés razón. ¿Qué mierda hago hablando con vos?
Pablo: A mí me pasa lo mismo que a vos, estúpida. Es una cuestión de piel…
Maria: ¡Andá a cagar!
Pablo: Y vos andá a lavarte las tetas, gorda.
Maria: ¡Chau, puto reprimido!
Pablo: Chupame un hue…

13 de julio de 2011 – Diario de Maria Pena, cosas que se piensan pero jamás se dicen… (Aunque a veces me encantaría que se me escapara algo)

ACLARACIÓN:
Malas palabras son: hambre, desocupación, desigualdad social, pobreza…

jueves, 7 de julio de 2011

Huevos a baño María

El mutismo debe ser rápidamente combatido con frases pelotudas. El espacio sonoro debe ser ocupado sí o sí, a cualquier precio. Es como si estar callado fuera una enfermedad que hay que curar con el antídoto de la palabra inmediata. Por lo general, con conversaciones que no van a ningún lado y reflexiones carentes de sentido. En el taxi, en la cola del banco, en el almacén, en la calle, la mayor patología que nos afecta es la incontinencia verbal. Pareciera que le tenemos miedo al silencio, como si creyéramos que es de mala educación quedarse callado.
Hoy me levanté con un humor de perros. El despertador sonó pero lo apagué y me quedé dormida. Cuarenta y cinco minutos más tarde abrí los ojos. La situación era irremontable. Me tuve que tomar un taxi, pero obviamente, llegué tarde al laburo igual. Mi falta de suerte se agudizó. El taxista sufría de liviandad oral…
-         ¿No sabe hasta cuándo va a seguir este frío? – me preguntó.
-         Dicen que hasta el fin de semana – le respondí demostrando que no tenía muchas ganas de participar en la conversación.
A él mi actitud antisocial pareció no importarle.
-         Si… Esta ola de frío polar no se aguanta más. ¿Sabe cuánto pronosticaron para el día de hoy de mínima?
-         No, ni idea…
Después de esta última pregunta lo bloqueé. Le puse mute. Veía que su boca se movía pero no escuchaba lo que decía. Acompañaba sus expresiones con un “aha” acorde al tono de lo que el verborrágico tachero iba diciendo según las caras que ponía. No paraba de hablarme. De su boca emanaba una catarata de palabras que yo no estaba decodificando.
-         Y si, no somos nada… - me dijo mientras cerraba los ojos y una expresión compungida teñía su rostro.
¡A la mierda! ¿De qué me perdí? No entendía nada… ¡Si estábamos hablando del pronóstico del tiempo! Sentí una culpa terrible en el cuerpo. ¿Y si ese pobre hombre me había estado contando de su repentina viudez? No era justo. Hice el esfuerzo, e intenté prestarle atención.
-         Igualmente, yo prefiero el frío y no el calor.
-         Si, si. Yo también – le respondí mientras pretendía recuperar el hilo de la conversación demostrándole que estaba interesada en lo que me decía.
-         Lo que mata es la humedá, ¿vio? Yo me pongo esta campera y el frío me chupa un huevo. Pero cuando hace calor, no se imagina como sufro. Transpiro mucho. Siempre me traigo una camisa de repuesto porque no puedo manejar el “tasi” con tremendo barandón…
¿Dónde estoy? Me pellizqué para corroborar que no fuera una pesadilla. ¿De qué estábamos hablando? ¿Cuál era el tema de la conversación? ¿El frío, la muerte de su esposa, la humedad, el sudor? Completamente desorienta, lo escuché seguir con su monólogo:
-         Pero, chivarse los “sobacos” vaya y pase. Lo feo es cuando se te paspa ahí abajo. Usté no se imagina lo molesto que es. Catorce horas por día estoy en el “tasi”…


7 de julio de 2011 – Diario de Maria Pena, perdí el presentismo y quedé con el estómago revuelto después de imaginarme los huevos de aquel taxista cociéndose a baño María…

sábado, 2 de julio de 2011

Te veo cara conocida pero no sé de donde...

Sábado, 13hs.
Caminado por la calle Corrientes me cruzo de frente con una amiga de mi hermana que hacía más de 10 años que no veía. La paré y con una sonrisa en mi cara le dije:
-          Hey, Vale, ¡tanto tiempo! ¿Cómo estás?
 Ella me miró y me devolvió el “hola” simplemente por compromiso. Obviamente no me reconoció. Mi hermana y yo siempre hemos sido polos opuestos. Ella siempre fue muy “top”. Del grupo de las divinas, yo creo que ni categoría tenía.
Indiscutidamente, Valeria pertenecía a ese grupo de diosas deslumbrantes que jamás registraban lo que sucedía a su alrededor.
-          Soy Maria, ¿te acordás? Siempre venías a casa cuando éramos chicas -  le dije.
-          Ay, perdoname. Te veo cara conocida pero no sé de donde… -  me respondió.
-          Soy Maria. La hermana de Ana…
Yo veía que intentaba acordarse. Su esfuerzo era innegable. Incluso, simuló haberme reconocido al preguntarme por mi familia. Una pésima actriz. Para evitarle continuar con la farza, decidí ponerle punto final a nuestro encuentro casual y le dije:
-          Todo bien Valeria. Tranquila. No te sientas culpable por no recordarme. Yo tampoco me acordaría de mí después de 10 años de no verme...

2 de julio de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer 100% olvidable.

domingo, 19 de junio de 2011

6 mujeres solas atravesando las 5 fases de un sábado a la noche

Ayer a la noche invité a una amigas a comer una pizzas y tomar un par de cervezas a casa. La bebida amarga a base de cebada se fue multiplicando, y de un par, pasamos a tener más de una docena de envases sobre la mesa. Puedo decir que la noche se dividió en 5 etapas bien definidas:

Fase 1: Risas y anécdotas del pasado. Seis mujeres solas, que se reconocen como inteligentes, riéndose de sí mismas y de su falta de suerte.
Fase 2: Cena. Seis mujeres comiendo desaforadamente y bebiendo galones de líquido de entre 3 y 9% de graduación alcohólica.
Fase 3: Pedo triste y llanto. Seis mujeres solas, que ya no están tan seguras de su inteligencia, compartiendo sus penurias.
Fase 4: Emesis o vómito. Tres de las seis mujeres, expulsando violenta y espasmódicamente el contenido de sus estómagos a través de sus boca.
Fase 5: Despedida. Muchos de los acontecimientos ocurridos durante esta etapa son confusos ya que no quedaba ninguna de las seis mujeres sobrias.



19 de junio de 2011 - Diario de Maria Pena, mujer con resaca que ya no está para estos trotes.

 BONUS TRACK:“¿En qué se parece un hombre y una botella de cerveza?
En que del cuello para arriba, ambos están vacíos.”

viernes, 13 de mayo de 2011

Un buen comienzo

Mi hermana mayor, que vive en Italia, me llamó hoy por la mañana. Estaba preocupada por mi estado nauseabundo y diarreico. Hablamos más de una hora. En los primeros 30 minutos le describí minuciosamente cómo habían sido estos últimos 10 días de “mierda”, literalmente hablando. Después, comenzamos a charlar de las superficialidades cotidianas e intercambiamos qué era lo que había ocurrido en el transcurso de nuestras mañanas del día de hoy.
Ella me contó que se levantó temprano, junto a su marido. Se dio una ducha y preparó el desayuno para dos. Un riquísimo capuccino italiano, 2 huevos, panceta y pan tostado. Despidió a su esposo con un dulce beso desde la puerta de su casa frente al Lago Di Como. Luego, la visitó su esteticista. Su cónyuge le había regalado un tratamiento con unas cremas nuevas carísimas que la harían ver 5 años menor en poco tiempo. La señora que la ayuda en la casa llegó justo cuando su tratamiento de estética había terminado; entonces, ella pudo dejar a su mucama a cargo de los quehaceres de la casa para irse al gimnasio en su Porsche. De ahí, se fue a tomar clases de arquería con un profesor que vivió en la India que le habían recomendado para bajar su nivel de stress. Al volver a su casa, miró su agenda e hizo varios llamados telefónicos, entre ellos, el de su hermana tercermundista con gastroenterolocolitis aguda.
Yo también le conté mi rutina matutina. Empecé explicándole que no pude levantarme de la cama porque siento que un tanque de guerra hizo marcha atrás varias veces sobre mi cuerpo para asegurarse de no dejar ninguna parte sana. También le dije que hace 3 días que tengo puesto el mismo pijama mugriento y que ni pienso pasar por la ducha porque ya lo siento parte de mi piel. Como no poseo a nadie durmiendo a mi lado, no disfruté de despedidas por la mañana, ni besos, ni caricias. Me conformé mirando durante un largo rato la hermosa vista que tengo desde mi departamento. La pared descascarada del edificio de al lado. Como pude, me preparé un té chino con edulcorante como desayuno. Ni panceta, ni pan tostado y de huevos ¡ni hablar! De haber sido hombre, por lo menos, hubiera tenido el placer de rascármelos un rato. Ni siquiera eso. Más que cremas, sentía la necesidad de colocarme ácido sulfúrico en la cara para pensar en algún tipo de reconstrucción facial directamente. En 10 días envejecí más de 10 años. Le expliqué que mi vida es un completo caos y el desorden de mi casa es infernal. También le expresé que me sentía sola como un hongo y que en toda mañana no había sonado ni una puta vez mi celular, ni siquiera para un mensaje con una promoción de Movistar; sólo sonó cuando me llamó ella. Por último, le resumí mi estado de ánimo diciéndole que las únicas clases que me hubiera gustado tomar esta mañana eran las de cómo volarme los sesos con una flecha de los indios tehuelches.

11 de mayo de 2011 – Diario de Maria Pena “¡La puta, que vale la pena estar vivo!”