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martes, 14 de junio de 2011

Pulgarcito - Versión Tradicional / Versión Mariapénica

PULGARCITO
VERSIÓN TRADICIONAL
Había una vez un pobre campesino.
Una noche, se encontraba en su casa, mientras se lamentaba hallarse en un hogar sin niños. “Si por lo menos tuviera uno, aunque fuera muy pequeño, no mayor que mi pulgar, sería feliz.”
Finalmente, su deseo se cumplió. Al poco tiempo, tuvo un niño no más grande que su dedo pulgar. Debido a su pequeño tamaño lo llamaron Pulgarcito.
Un día, dos extraños que pasaban por su granja divisaron por casualidad a Pulgarcito. Inmediatamente decidieron comprarlo, lo exhibirían en la ciudad y harían fortuna.
Se dirigieron al campesino y le dijeron:
—Véndenos ese hombrecito.
—No —respondió el padre – No puedo permitir que se mofen de mi pequeño.
—Padre, véndeme - dijo Pulgarcito.
Entonces, el padre lo entregó a los dos oportunistas a cambio de una buena cantidad de dinero.
Los hombres subieron a Pulgarcito a un auto y se marcharon. A los pocos minutos debieron parar al costado de la ruta por un desperfecto en el automóvil. Apenas el chiquitín tocó el suelo, enfiló directamente hacia un agujero de ratón.
El esfuerzo por intentar sacarlo de allí fue inútil. El niño no salió de su escondite y los hombres se fueron.
Moverse de noche era peligroso, así que Pulgarcito buscó un colchón de heno cerca de allí y decidió a quedarse hasta que amaneciera.
Sin saberlo, Pulgarcito se había quedado a dormir frente al granero vecino a su casa.
A la mañana siguiente, una mujer se dispuso a darles el desayuno a los animales. Entre el pasto que recogió estaba Pulgarcito dormido. Al abrir los ojos, el pequeñín se dio cuenta que se encontraba atrapado dentro del estómago de una vaca. Lo peor de todo era que el espacio allí adentro se reducía más y más con el paso del tiempo. Angustiado, decidió gritar con todas sus fuerzas.
La mujer se sobresaltó y corrió a toda prisa hasta donde se encontraba su vecino, el padre de Pulgarcito, y gritó:
—¡Ay, Dios mío! ¡La vaca ha hablado!
El hombre, suponiendo que era obra del diablo, ordenó matar al animal. Al escuchar esto, el diminuto niño comenzó a hacer un enorme escándalo para que lo rescataran.
—¡Querido padre, estoy aquí, en la barriga de la vaca! ¡Soy yo, Pulgarcito!
—¡Al fin! —dijo el padre—¡Ha aparecido mi querido hijo!
Y apenas terminó de pronunciar estas palabras, tomó a la vaca por la cintura  y junto a la mujer la apretaron fuertemente para que escupiera al pequeño.
—¡Qué suerte! ¡Qué alegría! —dijo su padre al volver a verlo.
—Sí, padre. He vivido mil desventuras. He estado en la madriguera de un ratón y hasta en el vientre de una vaca. Ahora, me quedaré a tu lado para siempre.
—Y yo no te volveré a vender, aunque me den todos los tesoros del mundo.
Fin


PULGARCITO
VERSIÓN MARIAPÉNICA
Había una vez un pobre fisicoculturista.
Una noche, se encontraba en el gimnasio, mientras se lamentaba haber tomado tantos anabólicos y que su pene ya no le funcionara. “Si por lo menos tuviera uno, aunque fuera muy pequeño, no mayor que mi pulgar pero capaz de darme una alegrìa, sería feliz.”
Finalmente, su deseo se cumplió. Al poco tiempo su pene comenzó a funcionar, pero su tamaño no era más grande que su dedo pulgar. Debido a su pequeña dimensión lo llamaron Pulgarcito.
Un día, dos extraños que se duchaban en el vestuario del gimnasio divisaron por casualidad a Pulgarcito. Inmediatamente comenzaron a reírse de él y decidieron fotografiarlo. Lo exhibirían en internet y harían fortuna:
—Permítenos fotografiar a tu hombrecito.
—No —respondió el musculoso - No puedo permitir que se mofen  de mi pequeño.
—Padre, véndeles las fotos -  le dijo Pulgarcito a su padre a través de su conciencia.
Entonces, el hombre con músculos de acero y pene enano, lo entregó  a los dos oportunistas a cambio de una buena cantidad de dinero y con la condición de que su cara no apareciera en ninguna foto.
Esa misma noche,  el escultural varón de miembro pequeño fue a un boliche y se chamuyó a una mina. Él estaba completamente beodo y ella lo llevó a su departamento.  Apenas llegaron, Pulgarcito enfiló directamente hacia un agujero.
El esfuerzo por intentar sacarlo de allí fue inútil. El pequeñito no quería salir de su escondite.
Moverse de noche era peligroso, así que el hombre buscó un colchón y decidió quedarse en la casa de su amante hasta que amaneciera, además con el pedo que tenía no podía ir a ningún lado.  
A la mañana siguiente, la mujer quiso sorprenderlo con el desayuno en la cama. Al abrir los ojos, Pulgarcito tenía ciento cincuenta kilos de mujer que se abalanzaban sobre él. Más que una mujer, eso era una tremenda vaca. El pequeñín intentó esquivarla pero no pudo evitar quedar atrapado bajo su estómago. Lo peor de todo era que el espacio allí abajo se reducía más y más con el paso del tiempo. Angustiado, decidió gritar con todas sus fuerzas pero nadie lo escuchó.
—Ven aquí, penecito. – dijo insinuante la mujer.
—¡Ay, Dios mío! ¡La vaca ha hablado! – pensó el chiquilín.
Pulgarcito, suponiendo que todo era obra del diablo, comenzó a hacer un enorme escándalo y logró llamarle la atención a su padre para que lo rescatara.
—¡Querido padre, estoy aquí, debajo de la barriga de la vaca! ¡Soy yo, Pulgarcito!
—¡Al fin! —dijo el hombre—¡Ha aparecido mi querido hijo!
Y apenas terminó de pronunciar estas palabras, tomó a la vaca por la cintura y la apretó fuertemente contra su cuerpo para que el pequeño “escupiera”.
—¡Qué suerte! ¡Qué alegría! —dijo la mujer después de que el pequeño lo hiciera.
—Sí, mujer. He vivido mil desventuras pero mi hijo Pulgarcito ha despertado. Ha estado en tu madriguera y hasta ha sido aplastado por de tu vientre de vaca. Ahora, me quedaré a tu lado para siempre.
—Y yo no volveré a tener que comprar imágenes por internet para consolarme. Mmmmmm… Ahora que lo menciono, a Pulgarcito le veo cara conocida…
Fin
14 de junio de 2011 – Diario de Maria Pena, la gorda del cuento no era yo… ¡Qué lástima!

jueves, 2 de junio de 2011

La vendedora de Cerillas y La compradora de ilusiones

(versión mariapénica de cuentos tradicionales y sucesos de la historia)
La Vendedora de cerillas de Hans Christian Andersen
La noche se venía encima, y en medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña caminaba por la calle sin abrigo, prácticamente desnuda. Sólo llevaba un delantal con algunas docenas de cajas de fósforos  mientras  pregonaba incansable su modesta mercancía.
No era un buen día. Ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo.
- ¿Quiere usted fósforos, señor? - preguntó a un caballero que pasó a su lado. - No, gracias. Además, con este frío sacar las manos de los bolsillos no debe ser muy agradable - respondió el hombre, marchándose muy deprisa.
Ella se sentó en la vereda, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de su cuerpo entumecido.  No se atrevía a volver a su casa con todos los fósforos y sin una sola moneda. Como el frío era muy intenso, encendió uno de los fósforos para calentarse las manos. ¡Qué luz tan hermosa! La niña creyó que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas navideñas. Pero, como todo lo bueno acaba rápido en este mundo, la llama de la cerilla se apagó y la niña se encontró sola en aquella calle nuevamente. Entonces decidió frotar otra, que ardió y brilló como la primera. En esta oportunidad, la pequeña creyó ver una habitación con una mesa cubierta por un blanco mantel resplandeciente con un manjar sobre ella. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! Comería comida caliente aquella noche… Pero la segunda cerilla también se apagó, y lo único que quedó ante ella fue una pared impenetrable y fría.
Encendió un tercer fósforo. Imaginó un árbol de navidad con miles de luces que ardían brillantes en el oscuro cielo. Embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó, comprendiendo que no eran luces, sino las estrellas del cielo las que brillaban. Justo en ese momento, una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.
-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita le había dicho muchas veces que cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el cielo.
Sólo le quedaba una última cerilla en su mano. La frotó una vez más contra la pared, y delante suyo se hizo presente una gran luz, en medio de la cual, estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.
-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como todo lo que he visto producto de la luz de las cerillas!
La anciana, tomó a la niña de la mano, y las dos se elevaron en medio de una gran luz resplandeciente…
Cuando llegó el nuevo día, seguía sentada la niña entre las dos casas, muerta.
-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dirá alguien.
Pero nadie conocerá jamás las hermosas cosas que vio esa dulce niña, ni en medio de qué luminiscencia  entró con su abuela en el reino de los cielos.
FIN.

El paralelismo de las historias es cruelmente revelador...

La compradora de ilusiones de Maria Pena
La vida se le venía encima, y en medio del frío y de la oscuridad, una pobre mujer de más de treinta años no tenía quien la desnude.  Sólo llevaba en la cabeza un par de recuerdos e ilusiones mientras  pregonaba por conseguir algo como la gente.
Hacía tiempo que no tenía un buen día. Ningún macho reproductor que la amara se había presentado, y, por consiguiente, la mujer no había logrado formar una pareja estable.
- ¿Quiere usted casarse conmigo, señor? - preguntó a un caballero que pasó a su lado.
- No, gracias. Además, con esa cara, no debe ser muy agradable estar al lado suyo - respondió el hombre, marchándose muy deprisa.
Ella entró a su departamento de soltera, y se acurrucó en su cama entre dos almohadones. La soledad se apoderaba de su cuerpo bastante baqueteado. Como la sensación de vacío era muy intensa, encendió su imaginación para consolarse. ¡Qué hombre tan hermoso! La mujer creyó que estaba sentada frente a una gran chimenea de hierro, junto a un increíble y musculoso ejemplar masculino completamente en bolas. Pero, como todo lo bueno acaba rápido en este mundo, la llama de su imaginación se apagó y la mujer se encontró sola en aquella habitación nuevamente. Entonces decidió soñar otra situación, que ardió y brilló como la primera. En esta oportunidad, la muchacha creyó ver una habitación con una cama cubierta por blancas sábanas resplandecientes y un apuesto caballero que exudaba virilidad sobre ella. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! Comería comida caliente aquella noche… Pero la segunda fantasía también se apagó, y lo único que quedó ante ella fue un almohadón apretujado entre sus manos y la idea de que ella era “IMPENETRABLE”.
Encendió una tercera utopía. Se imaginó su casamiento, caminando por el pasillo de la iglesia con ese largo y hermoso vestido blanco, el lugar decorado con miles de luces que ardían brillantes en el cielo de la capilla. Embelesada, levantó entonces las dos manos, y su pensamiento se apagó, comprendiendo que no eran luces, sino estrellas que daban vueltas por su cabeza del tremendo golpe que se había dado al caerse de la cama. Justo en ese momento, el teléfono sonó.

-Esto quiere decir que alguien quiere estar conmigo- pensó la mujer.
Sólo le quedaba una última esperanza en su corazón. La dejó fluir una vez más, y del otro lado del teléfono escuchó la gruesa voz de un hombre con un “Hola” sublime y radiante.
-¡Amor!- gritó la mujer-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague esta ilusión, sé muy bien que ya no te escucharé más! ¡Desaparecerás como todo lo que he visto producto de la luz de mis fantasías!
El hombre confundido, tomó el auricular del teléfono con la mano y cortó rápidamente dándose cuenta que era número equivocado… Él solamente quería pedir una pizza.
Cuando llegó el nuevo día, seguía sentada la mujer frente al teléfono, muerta de sueño ya que no había podido pegar un ojo en toda la noche.
 -¡Cómo se habrá quedado de caliente la pobrecita!- dirá alguien.  
Y es la pura verdad...
FIN.

2 de junio de 2011 – Diario de Maria Pena, "No voy a hacer más declaraciones..."

Dedicado a I.M. en el día de su cumpleaños, que me contó el cuento de "La vendedora de Cerillas".

lunes, 16 de mayo de 2011

Ricardo III y Maria I

"Mi reino por un caballo".Con esta frase se resume el final de la vida del rey inglés Ricardo III.
                                                                               La mañana del 22 de agosto de 1495, el rey Ricardo se preparaba para la batalla más importante de su vida, ya que el ejército de Enrique Tudor pretendía la corona de Inglaterra.
Ansioso, nervioso, enfurecido y soberbio, Ricardo mandó a un sirviente a comprobar si su caballo favorito estaba listo para la batalla. El sirviente, asustado, presionó al herrero de tal forma, que éste no hizo bien su trabajo. Entregó al caballo sin un clavo en el herraje de una de las patas traseras. Lo urgente de la situación hizo que el hombre se deshiciera del problema rápidamente.
Ya en lo más duro la batalla, el rey observó que sus soldados retrocedían y se lanzó a cruzar el campo de batalla para infundir valor a su ejército. Su caballo tropezó y lo hizo caer a tierra. Había perdido la herradura mal puesta. Asustado, el equino se alejó, dejando a Ricardo solo en medio del ejército enemigo. Fue entonces que el rey, empuñando su espada, gritó: “¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”
Pero no había caballo alguno para él. Ya era tarde. Murió reclamando algo tan simple como un caballo a cambio de su mayor y más valiosa posesión: su reino.
Moraleja: Por un clavo se perdió un reino.

El paralelismo es nefasto.

“Mi reino por dormir cucharita”. Con esta frase se resume el final de un día de Maria I.
La noche del 15 de mayo de 2011, esta mujer se preparaba para una de las veladas más importantes de los últimos 12 meses de su vida, ya que hacía casi un año que nadie la  pretendía.
Compulsiva, necesitada, extremista y ciclotímica, Maria Pena le dijo a un muchacho que apenas conocía “Creo que te amo”. Era la segunda vez que lo veía. El gurrumino, sintiéndose presionado, no hizo bien su trabajo. Lo urgente de la situación hizo que el cobarde buscara una excusa y se deshiciera del problema huyendo rápidamente.
Ya en lo más duro de la noche, Maria observó que su macho se fugaba y se lanzó a cruzar el living de su casa tirándose de rodillas a sus pies suplicándole que se quede y prometiendo que no volvería a abrir subocota.
Su varón tropezó pero eso no le impidió desaparecer despavorido. Aterrorizado, el semental se alejó, dejando a María sola en medio del enemigo, ella misma. Fue entonces que, empuñando lo poco de dignidad que le quedaba, gritó: “¡Cucharita! ¡Mi reino por dormir cucharita!”
Pero no había cucharita para ella. Ya era tarde. Se quedó sola reclamando algo tan simple como dormir acurrucada con alguien a cambio de su ya pisoteada dignidad.
Moraleja: Por un “te amo” apresurado se perdió un macho.

16 de mayo de 2011 – Diario de Maria Pena I, reina de tenedores y cuchillos, nunca una cucharita…

Dedicado de L.I.V., mi pinche tirano, que me contó el historia de Ricardo III.