miércoles, 17 de agosto de 2011

La incompatibilidad y los abdominales

Si de incompatibilidad se trata, tengo que reconocer, que soy mandada a hacer.
Mi último novio era deportista. Bueno, más bien, mi última ex pareja era un ex deportista. De chico jugaba al fútbol en Platense y era bastante bueno. Llegó a jugar en Primera B, pero después de los 25 años se retiró para dedicarse a terminar la facultad.  Lo que nunca pudo abandonar, eso sí, fue su obsesión por el físico, por verse bien, marcadito y musculoso. Y esta historia mucho tiene que ver con esto.

Es fácil hablar con el diario del lunes, ya sé. Pero, ¿qué se le va a hacer? Hoy, después de más de seis meses que nos separamos, tengo el panorama más claro. Antes, no entendía nada. La verdad de por qué nuestra pareja no funcionó es más que obvia. Éramos, sencillamente, incompatibles.

Comenzando por un simple detalle físico. Yo siempre fui más bien, rellenita. Flaca nunca fui. Gorda, lo que se dice “gorrrrrrrda”, tampoco. En realidad, gorda estoy ahora, pero mientras estuve con él estaba bien. Por otro lado, jamás me gustaron los deportes, ni ir al gimnasio y la devoción por el físico perfecto. Él, sin embargo, era todo lo contrario a mí. Siempre fue muy flaquito, desde chico. En su etapa como deportista profesional siempre estuvo en forma. Cuando lo conocí, iba cuatro veces por semana al gimnasio. La verdad, debo admitir, que apenas empezamos a salir, estaba bárbaro. Ya no jugaba en primera B, pero conservaba sus glúteos marcados, lindas piernas y abdomen chato, el típico físico de un buen deportista.

Hoy me parece inentendible nuestra relación. Yo no soy de esas mujeres a las que las seduce el físico de un hombre. Es más, siempre salí con gorditos más bien inteligentes, ocurrentes y simpáticos. Me seduce más el intelecto que los músculos. Me pregunto ¿qué hacía yo con él? Creo que jamás nadie lo entenderá, pero, dejo este comentario aparte y sigo con el relato.

Al poco tiempo de estar juntos, él se mudó al departamento que yo alquilaba. Se vino conmigo porque hasta ese momento él vivía con su abuela. Comentario al margen, era el  típico pelotudo inmaduro de más de treinta que todavía no se había independizado. Un inconfundible pendejo. Y esto da pie para citar, una razón más para considerarnos opuestos. ¡Yo vivía sola desde los dieciocho años!

¡Tantas incongruencias y disparidad me distraen! Pero voy a continuar con la historia. Acostumbrado a la comida casera y muy sana de su santa abuela que lo atendía como a un rey, de repente el muchacho se encontró conmigo, que no cocino ni un huevo frito. No salgo de los fideos con tuco, arroz con verduras y no me pidan más. Obviamente, él no sabía hacer nada tampoco, así que pedíamos a la rotisería de la vuelta del departamento. También éramos habitué de todas las casas de comidas rápidas de la zona. Conocían a la perfección nuestros gustos. Es más, casi puedo asegurar que teníamos un menú fijo semanal. Mediodía, tarde y noche era siempre la misma rutina gastronómica. Pizza, cerveza, empanadas, vino y pastas. Además, él había conseguido un ascenso en el trabajo y estaba haciendo doble turno. Esto le impedía ir al gimnasio y, como siempre fue una persona de buen comer, a los pocos meses ya había engordado más de 15 kilos. El típico caso del sedentarismo y los excesivos carbohidratos.

Pero hasta acá, todo venía bien. El problema fue cuando nos fuimos de vacaciones ese verano. En el auto íbamos yo, él y sus quince kilos a cuestas. En realidad no los llevaba a cuestas, los tenía todos en la barriga. La famosa y nunca bien ponderada pancita cervecera. 

Mi ex siempre había sido un chico muy top. Veraneaba en Punta del Este, Pinamar o el norte de Brasil con amigos. Yo era lo opuesto. Mis abuelos tenían casa en la Costa Atlántica e íbamos en familia a Santa Teresita todos los años.

Como ambos teníamos pocos días de vacaciones y habíamos planificado ir al sur en el invierno, él aceptó la idea de compartir la casa de la costa con mi hermano y unos amigos de él.  La casa era bastante grande y además, había un departamento para alquilar atrás, así que nosotros podíamos conservar nuestra intimidad.

Fuimos en su auto. Salimos el 1 de diciembre después de almorzar con su familia. Mi hermano ya estaba ahí. Había viajado hacía un par de días con sus amigos en micro. Nosotros llegamos de noche, tarde, porque el tráfico era insoportable. Él tenía un humor de perros. La casa de adelante, estaba cerrada. Seguramente mi hermano había salido, así que nos fuimos directamente al departamento a dormir para levantarnos temprano al otro día y así aprovechar la jornada.  A las nueve ya estábamos arriba. En la casa de adelante, nada. No se escuchaba ni un ruido. Golpeamos pero no salió nadie. Entonces, nos fuimos a la playa, los dos, solos. Él seguía de mal humor. Decidimos quedarnos al mediodía a comer unos sándwiches a orillas del mar debajo de la sombrilla. A mi ex no le gustaba mover el auto estando de vacaciones. Sostenía que manejar lo fastidiaba así que nos debíamos mover lo justo y necesario en el vehículo, preferiblemente, hacer todo caminando y descansar lo máximo que se pudiera.

A las cuatro de la tarde dio señales de vida mi hermanito. Había leído el mensaje que le pasamos por debajo de la puerta y nos había venido a buscar a la playa. Apareció, con una sonrisa de oreja a oreja y una rubia de un lado y una morocha del otro, ambas luciendo milimétricas bikinis. Esas eran sus “amigos”.

-          ¡Hola María! ¿Viajaron bien? Ayer no estábamos en casa cuando ustedes llegaron a la noche. Nos habíamos ido a Pinamar en colectivo a disfrutar de la noche allá. Volvimos hoy porque sabíamos que venían ustedes. Se las presento. Ella es Paulita y ella Marian. Chicas, ella es mi hermana Maria y él es mi cuñado.

Saludar a esos felinos en celo me causó repulsión. Ni siquiera me dieron un beso. ¡Me apoyaron la mejilla con una sonrisita falsa y como oliendo mierda! Yo estaba indignada. ¡Mi hermano estaba con dos mujeres de vacaciones en la casa de mis abuelos! ¡Qué asco! En eso, miré a mi novio, como buscando encontrar en su mirada un gesto cómplice que demostrara el desagrado que le producía saber que mi hermanito, un Don Juan, se estaba enfiestando con dos gatos al mismo tiempo. Pero no. Por el contrario, lo que vi en sus ojos fue un brillo extraño. Su postura había cambiado inmediatamente. Se acomodó el flequillo, se arregló la malla y metió panza. Empezó a reírse, hasta incluso hizo chistes y humoradas. Su estado de ánimo había cambiado rotundamente.

Pasamos 7 días inolvidables. Nos movimos de acá para allá en el auto. El coche de mi ex fue utilizado como remise oficial del grupo. Él se había transformado en el ser humano más servicial del mundo entero. Siempre dispuesto a llevar a las chicas a donde le dijeran. Además estaba obsesionado por su presencia y se bañaba dos veces al día. ¡Hasta se compró un perfume importado! Lo curioso y a la vez decadente era verlo meterse al mar oliendo a Dolce&Gabbana…

Por último, me queda el remate. La frutilla del postre. Lo que más disfruté de esa semana compartiendo veinticuatro horas de mi vida con mi hermanito mujeriego, dos trolas on fire y mi ex novio súper motivado por la presencia de “las bombachita veloz”. El muy pelotudo de mi ex estuvo de acá para allá intentando agradarles. Jamás pudo relajarse. Además de oficiar del “chico de los mandados” estuvo en pose todo el día, todos los días. Tenso. Claro, tenía una enorme zapán que le sobresalía producto de la buena vida. Como no la podía ocultar con nada, el pobre infeliz estuvo una semana entera contrayendo el abdomen y conteniendo la respiración. Ni siquiera la más dura de las pretemporadas en Platense pudo compararse con el trabajo de abdominales que hizo el muy boludo… ¡Los mantenía en continua tensión cada vez que uno de los felinos en micro bikini se le acercaba! ¡Hasta en un momento temí por su vida! Tenía miedo que de tanto contener la respiración se olvidara de exhalar…

17 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena. Incompatibles éramos, ¡gracias a Dios!


martes, 16 de agosto de 2011

Filósofos de la estupidez









"Una mujer amablemente estúpida es una bendición del cielo.”
Voltaire (François Marie Arouet)













"Un hombre amablemente estúpido es una pérdida de tiempo.”
Maria Pena









16 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, como “a buen entendedor, pocas palabras” aprovecho esta oportunidad para mandarle un saludo a todos los que me conocen.


Dedicado al que le quepa el poncho…

lunes, 15 de agosto de 2011

Para combatir la ignorancia, nada mejor que las redes sociales







 “La ignorancia siempre está dispuesta a admirarse.”
Nicolas Boileau-Despréaux








¡Pero, por favor! Si vivimos en una sociedad que nos impulsa constantemente a reflexionar, a expresarnos, a decir lo que pensamos. Las redes sociales han venido a combatir la ignorancia. Y si no me creen, a las pruebas me remito.

CASO Nº 1 Messenger
Debajo de tu nombre de usuario, es decir, debajo de tu “nick” figura la frase:
“Comparte un mensaje rápido”

Claramente, esto promueve la unión.,“Uno para todos y todos para uno”. Cooperación, participación activa y reciprocidad.

CASO Nº2 Twitter
En la página de incio, figura la pregunta:
¿Qué está pasando?

Con este interrogante, esta red social intenta extender nuestros horizontes y nos impulsa a estar atentos a la realidad. Estimula el espíritu crítico en la sociedad.

CASO Nº3 Facebook
En las noticias del muro de inicio, nos encontramos con esto:
¿Qué estás pensando?

Sin lugar a dudas, nos está invitando a analizar nuestros pensamientos. Fomenta la búsqueda de una ideología propia.


Comparte un mensaje rápido
Hoy no tengo ganas de compartir ningún mensaje, ni rápido, ni lento, ni corto, ni largo.
¿Qué está pasando?
Nada. Simplemente, nada. Como siempre. No pasa nada. En mi vida nunca pasa nada.
¿Qué estás pensando?
¿Qué estoy pensando? Estem... eh…eh… nada.

Che, una preguntita, cuando no se tiene ningún mensaje para compartir, nada interesante te está pasando y no estás pensando en nada, ¿también hay que publicarlo?


15 de agosto de 2011– Diario de Maria Pena, mujer antisocial que no sabe compartir, con una vida chata en la cual nunca pasa nada y descerebrada, no te hila un pensamiento ni en pedo.

domingo, 14 de agosto de 2011

La Barbie Botinera

La botinera es una mujer a la que le gustan los jugadores de fútbol, y por lo general, frecuenta la noche buscando salir con algún deportista del balompié que le de bola.
También podría definírsela como cualquier mujerzuela de la farándula que se acerca a un futbolista buscando “amor” (Bueno, a “un” futbolista o a varios también, de forma consecutiva o todos a la vez)
La botinera es rápida, y no precisamente para los cálculos matemáticos (Aunque si de dinero en cuentas bancarias se trata, te hace cualquier ecuación en tiempo record)
Es ligerita, aunque no corre rápido. Vuela.
Una verdadera botinera pasa por situaciones embarazosas todo el tiempo (busca quedar embarazada enseguida)
Es reconocida mundialmente por su talento como trapecista (se cuelga de cualquier pelota que ve pasar e intenta quedarse agarrada el mayor tiempo posible haciendo todo tipo de acrobacias y peripecias)
La botinera es un nexo importante de la sociedad. Vincula  las siliconas, las pestañas postizas y la purpurina con el sudor de la cancha, los contratos millonarios y el deporte.
La botinera es parte de nuestra sociedad, es parte de nuestra vida…

Para este día del niño, pídele a tus papis que te regalen el nuevo “Metegol de la Barbie Botinera”. ¡Apúrate, que se agotan!


14 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, lo bueno de este metegol es que cuando terminás de jugar el partido, le ponés la tapa y la cancha se transforma en cabarulo con luces de colores y bola de espejos. Es un dos en uno imperdible para este día del niño.

sábado, 13 de agosto de 2011

Otra vez sopa

De los creadores de ¿Qué comemos hoy?  y  ¿Qué mierda comemos hoy?  llega a las salas argentinas Otra vez sopa ,un drama que cuenta la historia de miles de personas alrededor del mundo que no saben qué mierda comer todos los mediodías y las noches de sus vidas. Viven condenados a tener que decidir dos veces al día, desde que nacen hasta que mueren,  qué plato pondrán a su mesa en el almuerzo y la cena. Acorralados de por vida, se encuentran condenados a cumplir con una sádica cadena perpetua gastronómica de la cual no hay salida.
La trama parte de una premisa. “Llega un punto en la vida de todo ser humano donde la falta de imaginación vence al hambre y uno se resigna a comer todos los días lo mismo.”
La historia no sorprende, pero su cuota de realismo es indiscutible.  Refleja crudamente la monotonía a la que los seres humanos se exponen cotidianamente a la hora del morfi y su desesperación para encontrar nuevas respuestas. Son hombres y mujeres, de diferentes razas, religiones e ideologías, que no saben qué comer en algún momento de sus vidas. El film se torna cíclico, con situaciones poco cambiantes que se repiten de forma casi idéntica en los diferentes hogares. Individuos dirigiéndose a sus heladeras cuando tienen hambre y abriendo sus puertas para ver si encuentran alguna respuesta. Luego, la luz de sus refrigeradores en sus rostros, y la sensación de que nada nuevo hay allí. La puerta se cierra, pero al poco tiempo se vuelve a abrir. La raza humana no se resigna al hambre y los hombres vuelven a abrir sus heladeras esperando encontrar algo nuevo dentro de ellas. Los caminos se angostan, las puertas se cierran y los seres humanos se dirigen compulsivamente a los supermercados o a los almacenes de sus barrios, intentando encontrar allí respuestas a esta encrucijada existencial indescifrable “qué comer”.
 La historia es completamente lineal y en el guión escasea la emoción y los giros repentinos en el argumento que tanto cautivan al público mundial. Sus diálogos carecen de profundidad y se repiten las mismas escenas con mínimas variantes: “¿Qué comemos hoy?” “Ni idea.” “Bueno, pero decí algo.” “Lo que quieras.” “No se me ocurre nada.” “Tengo ganas de comer algo pero no sé qué.” “Nunca hay nada en la heladera.”
Pobre y carente de emoción.
Calificación: 1 penita
Apta para mayores de 18 años.

13 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, a veces quisiera ser perro y que me compren una bolsa de alimento balanceado así ya no tengo que pensar qué mierda comer cada día…

viernes, 12 de agosto de 2011

Una peli de terror

Ayer no me podía dormir. Me enganché mirando una película. Desde la adolescencia que no veía una de terror. Estaba desvelada. Y un poco pasada de vuelta también. No encontraba posición en la cama y el sueño no venía. Entonces prendí la tele. Error. Ya no me pude dormir más. Comencé a pasar los canales. No encontraba nada bueno para ver, hasta que, en uno de esos canales de películas, vi la típica escena de 8 jóvenes en una laguna, quitándose la ropa y sumergiéndose en aguas cristalinas entre risas y caricias. Di por sentado que estaba frente a una película de terror. Y así fue. Jóvenes que se pierden, desperfectos en los vehículos, rutas desiertas, casas deshabitadas, sonidos extraños, nadie en la gasolinera y la noche que se avecina…
Más que asustarme, me cagué de la risa. Era una estupidez detrás de la otra. Todas las situaciones eran increíblemente absurdas.
Por ejemplo:
·         Una poderosa luz estallaba a través de las rendijas de puertas cerradas de la mansión donde decidieron pasar la noche anunciando el peligro. Mi conclusión fue que entre asesinato y asesinato, los actores de reparto tenían una changuita. Un kiosquito de fotocopias. Sacaban copias detrás de la escenografía. ¡Esa luz no tenía nada que ver ahí! Además, con un sueldo de extra en una película de cuarta, no le alcanza a nadie para vivir, eso es obvio.
·         La cantidad de cuchillos que había en esa casa era impresionante. ¡Tenedores, no se vio ninguno!
·         La morada donde se refugiaron estaba deshabitada hacía más de 100 años según las leyendas del lugar, pero el asesino encendió la sierra eléctrica de un solo tirón. ¡Estaba aceitada, con combustible y en perfectas condiciones!
·         Cualquier mínimo tajito o corte que sufrían los protagonistas, la sangre saltaba como expulsada a chorro por una pistolita de agua. ¡Infaltable este aparatito para guerras de agua por su largo alcance!
Terminó la película y me dolía la panza de lo que me había reído. Me quedé saboreando un rico gusto a bizarro y ridiculez atómica por un ratito antes de apagar la tele. Apoyé la cara en la almohada y cerré los ojos. Había logrado despejar mi cabeza. Seguramente ahora sí iba a poder dormir. En eso, empecé a escuchar unos ruidos raros que venían de la cocina. “Tranquila, es simple sugestión” me dije, pero no pude volver a cerrar los ojos. Los tenía abiertos como dos huevos fritos. Me dieron ganas de hacer pis. Ni en pedo me levantaba para ir al baño. Me metí debajo de la colcha. Pasé de la risa y la burla al ridículo, a estar re cagada de miedo, sola en una casa, llena de ruidos  amenazantes en plena oscuridad. Estaba aterrada. Tanteé con una mano la mesita de luz y agarré el celular. Me lo puse debajo de la almohada por si tenía que hacer una llamada de emergencia y me volví a esconder debajo de las sábanas. Por suerte, ahí me sentía protegida. (Como si las frazadas de la cama fueran de manta blindada, o un escondite a prueba de criminales asesinos, o, simplemente, me protegieran de un posible ataque con cuchillos a manos de un demente esquizofrénico).
12 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, para la próxima, avisen si vienen a matarme en medio de la noche, así estoy depilada y con un lindo conjuntito de encaje. Una nunca sabe en qué momento el amor llamará a su puerta…

jueves, 11 de agosto de 2011

¿Qué hago acá?

Varias veces me pasó, encontrarme en una situación y no entender qué era lo que estaba haciendo allí, o qué era lo que me había llevado hasta ese lugar, cómo continuar, o simplemente, por qué no tenía el valor de ponerle un punto final.
El secreto está en cambiar el tiempo verbal de la pregunta “¿Qué hago yo acá?” por “¿Qué hacía yo ahí?” La solución siempre está en el tiempo. Tomar distancia permite ver más claramente, aunque no siempre se encuentren respuestas, pero sí tal vez, algunas explicaciones. Los apegos, las ilusiones, las oportunidades, las creencias y las costumbres son ataduras en nuestras manos y pies, son vendas en nuestros ojos, son un trozo de cinta en nuestra boca. Nos impiden movernos, cambiar de rumbo, ver, o sencillamente decir “BASTA”. Cuando uno cree profundamente en los sueños, es difícil reconocer que esa palabra es una opción, una posibilidad. Porque el camino es siempre hacia adelante. Porque hay que encontrarle la vuelta. Porque hay que adaptarse y reinventarse. Porque jamás se debe bajar los brazos. Entonces, es allí, cuando una noche uno se pregunta “¿Cómo llegué hasta acá? ¿Cómo pude permitir que todo esto sucediera?”
Creo en los finales felices. Y esa es mi impronta. Me dirijo hacia ellos sin importar las consecuencias porque los creo posibles, y no sólo en los cuentos. Porque al visualizarlos les imprimo credibilidad. El hecho de que sean creíbles los hace posibles. Por otro lado, es inevitable llegar a ese punto de desconcierto, a esa sensación de vacío y desorientación después de haberlo dejado todo, simplemente por creer en ello. Soy así. No concibo otra forma de hacerlo que no sea a través de la entrega y la pasión. Creer en los finales felices es firmar un contrato con la vulnerabilidad. Y no creo que el ser vulnerable sea algo negativo, por el contrario, es sinónimo de permeabilidad.  Ser permeable es animarse a vivir intensamente, a sufrir, a vibrar, a ser feliz… Ser permeables es absorber la vida.
Ayer a la noche, por primera vez, cambié el tiempo verbal de mi pregunta. El “¿Cómo llegué hasta este lugar?” fue reemplazado por “¿Cómo pude alguna vez estar ahí?”. Sentí que el paso del tiempo había empezado a cerrar las heridas. Porque hay una diferencia muy grande entre ambas preguntas. La primera, se formula desde la confusión y la necesidad de encontrar una respuesta que te permita seguir. Entender qué es lo que está sucediendo cuando lo que pasa nos desborda, es prácticamente imposible. La segunda pregunta, la que nos ubica en un presente, mirando hacia atrás, está enunciada desde otros cimientos. Ya no hay sensación de inestabilidad ni falta de direccionalidad para continuar. Preguntarme hoy “¿qué hacía yo allí?” nada tiene que ver con un reproche ni con una necesidad de encontrar culpables. Simplemente, me permite indagar en aquello que me ocurrió para comprender mejor quién soy yo ahora, qué he aprendido de ello y con qué nuevas herramientas puedo continuar…
11 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer permeable.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Filósofos de la esperanza






“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol.”
Martin Luther King







“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría a una minita porque me pintó salir con una de tetas más grandes, o le haría un buen verso a una para encamarme con ella y después no le daría más bola, y seguiría mandando mensajitos de texto a espaldas de mi novia para ver si alguno de mis huesitos muerde el anzuelo.”
P.T.





Glosario: P.T.: Abreviatura de Plastic Toy.  Pseudónimo con el que a partir de hoy se nombrará a mi último y patético ex novio en este blog.

10 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena ¡Puta que era hombre de principios esperanzadores mi ex! Y yo que pensaba que no servía para una mierd…

martes, 9 de agosto de 2011

¿Estás bien? Te noto demacradita…

La convivencia laboral es todo un arte y yo no me considero una persona muy diplomática que digamos. Por el contrario, cada dos por tres se me salta la chaveta y ¡otra que la bomba atómica! ¡Termino víctima de mi propio tsunami verbal!
Ayer, protagonicé esta hermosa conversación con una compañerita de trabajo que me lleva unos cuantos añitos. Ella habla todo con diminutivo, viste una rebosante sonrisita falsa todo el día y cubre su estirada piel del rostro con toneladas de revoque, labios rojos, cejas delineadas y pestañas postizas. Prácticamente no interactúa no el personal femenino de la oficina. Su especialidad son los solteros, divorciados, separados, casados, juntados, etc., etc., etc.
Yo estaba concentrada, completando unos formularios en la compu, cuando de repente la veo parada frente a mí:
- Che Maria, hace un par de días que no te veo bien, ¿estás enfermita? – me preguntó con un tono irónico que me hizo dudar. Las yeguas trepadoras como ella, jamás hacen preguntas inocentes o como mero gesto de buen compañerismo.
- No, para nada. ¿Por? Estoy un poco cansada, nada más.
-  ¡Ah, me quedo más tranquila! Parecés enfermucha. Te lo pregunto porque cada día te noto más demacradita y además, hoy a la mañana, vi al Doctor Martínez salir de tu oficina... Capaz vino a hacerte un “service”, digo, una visita domiciliaria…
- Mmmm… No sabía por qué lado venía tu” preguntita”. Ahora entiendo todo… Gracias por preocuparte, divina. Pero estoy muy bien de salud. El doctor vino a buscar unos papeles que me dejó Ramírez.
Tenía ganas de matar a esa envidiosa mosquita muerta pero conservé la calma todo lo que pude, hasta que la muy lengua bífida arremetió con todo y me dijo:
- Bueno. Me quedo más tranquila. Creí que estabas enfermita y que el doctor había venido a tomarte la temperatura personalmente… Pareciera que estás hirviendo, nena…
- Mirá, vieja de mierda. Acá el gato sos vos. Larga y reconocida reputación tenés. ¡Giro de cuarta! Cada vez que tu marido viaja al interior, se ve salir a varios militares de tu casa. ¿Y sabés? Yo te encaro para preguntarte si te estás por enlistar en el ejército o si te estás preparando para la guerra, ¿o sí? Lo que pasa es que a vos, no sólo los militares te dan bomba cuando tu esposo no está, también los plomeros vienen a destaparte los caños, los carpinteros te clavan por todos lados y los albañiles te dan masa…

9 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer demacrada pero sana, civil pero guerrera…

lunes, 8 de agosto de 2011

Una máquina de hacer cagadas

Ya no le doy más vueltas. Soy una máquina de hacer cagadas. Si las cagadas cotizaran en bolsa, sería millonaria. Mi producción ininterrumpida de cagadas a lo largo de toda mi vida merece un reconocimiento. Me imprime un sello de personalidad. Lo que toco, lo arruino. Si existe una posibilidad de que algo salga mal, yo aumento las probabilidades. Sin embargo, en las últimas 72 horas he batido mi propio record.
En resumen, el viernes llegué muy tarde a casa después del laburo. Fue un día interminable. Infernal. En toda la tarde creo que pude levantarme una sola vez para ir al baño. Cuando llegué a la puerta del departamento, tipo 10:30 de la noche, la vejiga me explotaba. Y viste que cuando estás en la puerta de tu casa y ponés la llave en la cerradura, te relajás. Pensás en lo cerca que estás de conseguirlo y esto, por lo general, te juega una mala pasada. Bueno, eso mismo me pasó. Me relajé y me piyé encima. Un poco nada más. En la desesperación por llegar al baño y desechar los líquidos en el lugar adecuado, me arranqué el botón del pantalón que se me había trabado y me senté en el inodoro.  El “plop” que sentí me llamó poderosamente la atención. Los “plops” se disfrutan cuando uno está sentado en el trono haciendo lo “dos”, es decir, haciendo cacona no pipino. Y yo estaba meando, no cagando; así que ese ruido no tenía nada que ver. Una vez que terminó de salir todo el pipí contenido durante más de 6 horas, miré hacia el fondo del excusado y ahí estaba. Mi celular. Esa explosión de agua era mi celu cayendo del bolsillo de mi jean y hundiéndose en las profundidades de agua y meo de mi inodoro. En la desesperación, metí la mano para sacarlo. Abrí la canilla y lo enjuagué. Después, lo desarmé y lo sequé con el secador de pelo. Como la ansiedad me mata, una hora más tarde, ya lo había armado para ver si funcionaba.  Lo prendí. Es fácil hablar con el diario del lunes. Hoy lo llevé a arreglar y el técnico me dijo que lo peor que le pude haber hecho al aparato fue prenderlo cuando todavía estaba mojado. En síntesis, el teléfono no tiene arreglo. Pero hay algo más. Como estaba muerta de hambre y no tenía ganas de estar una hora con el secador en la mano, lo dejé enchufado en el baño, apoyado en una toalla, apuntando al celular, y me fui para la cocina a prepararme unos fideos. La señal que determinó que dejara de secar el celu fue el olor a quemado que venía del baño. El secador pasó a mejor vida. Los fideos se me pegaron, pero los comí igual. El sábado rompí el único vaso de vidrio que me quedaba, y mientras limpiaba la ducha, me manché el pantalón con lavandina. Mi único consuelo fue que, por lo menos, era el mismo pantalón al que le había arrancado el botón el día anterior. Por último, ayer vino una amiga a tomar unos mates a casa. Sin querer, se me cayó la pava eléctrica que me regaló mi hermano al suelo.  Obviamente, la rompí. El agua caliente mojó el estabilizador donde tengo enchufada la compu pero por suerte, no hubo un cortocircuito. Para cerrar con el tema, hoy a la mañana cuando me metí en la ducha, me di cuenta que me había olvidado de comprar shampoo y crema de enjuague (por algo era mi post del día de ayer, hablando de los tipos de shampoo según cada mujer). Así que me envolví en una toalla, sequé mi cuerpecito y vine a trabajar sin higienizarme y con un agradable olor a mujer que ya no lo aguanto. No quiero llamar demasiado la atención en la oficina. Jamás estuve con las piernas cruzadas tanto tiempo…

8 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, productora N°1 de desechos cloacales del mundo.

domingo, 7 de agosto de 2011

Un shampoo para cada tipo de mujer

Shampoo Liso Extremo: Ideado especialmente para mujeres que no tienen ni un gramo de teta. Recomendación: Luego del enjuague, utilizar el Acondicionador Push-Up para realzar algo.
Shampoo Cuerpo y Volumen: Principalmente diseñado para mujeres con implantes, siliconas, botox y colágeno. Contraindicaciones: Evitarse en obesas y culonas o tetonas naturales por riesgo de sobredosis.
Shampoo Control Caída: Pensado para madres durante el período de lactancia. Consejo útil: Luego del primer enjuague, frotar el  producto durante dos o tres minutos  entre las mamas. Con este masaje diario, usted evitará la pateadura de tetas al caminar después de los sesenta.
Shampoo Ondas Bien Definidas: Magnífico para mujeres feas a las que nadie les tira onda. En esta fórmula encontrarán al menos alguien o algo que se defina por ustedes.
Shampoo Reparación y Fuerza: Excelente para damas despechadas que desean reiniciar su vida. Se recomienda complementar este producto con sesiones de terapia, o grupos de autoayuda.
Shampoo Color Vital: Perfecto para aquellas que pasan 24 horas en la oficina y la luz del sol no les pega ni de casualidad en la cara. Combate el color encierro.
Shampoo Flores Silvestres: Fórmula principalmente diseñada para aquellas mujeres que se dejan crecer los cardos de las piernas en el invierno. Brinda sensación de frescura y libertad.
Shampoo Protección Total: Pensado especialmente para seres sensibles que, a falta de un hombre a su lado, encuentran en este producto la contención afectiva que están necesitando.
Shampoo Revitalización Profunda: Diseñado para mujeres después de un largo período de abstinencia sexual. Innovadora fórmula en su nueva presentación en POLVO.
Shampoo Leche de Pepino: Ideal para uso diario. Todo tipo de mujer. Aclaración: También se lo puede encontrar como “Leche de maní”, dependiendo del caso.

7 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, yo por ahora, voy a cambiar el shampoo por un buen desengrasante. Las publicidades lo dicen claramente  "disuelve la grasa, hasta la más difícil" a ver si adelgazo un poco…

sábado, 6 de agosto de 2011

La tele es como la vida misma

Me viene la imagen de mi abuela cuando éramos chicos, diciéndonos que mirar demasiada tele nos iba a hacer mal. Literalmente, nos aseguraba que estar frente al televisor “nos iba a atrofiar el cerebro”.
Queridísima abuelita, mi infancia televisiva ha sido determinante en mi vida.  No sería quien soy de no haber pasado largas jornadas frente al chupete electrónico consumiendo felicidad en estado puro. La tele es maravillosa. Me permitió extender mi horizonte, abrir mi mente y proyectarme como agente protagonista de esta sociedad. Pero, qué mejor ejemplo para hablar de las virtudes de pasarse horas y horas frente al televisor, que recordar “El Chavo del 8”. Valores tales como la humildad, el respeto, la amistad, la lealtad, la tolerancia, el amor y la gratitud eran moneda corriente en la vecindad de ese dulce huerfanito que conquistó nuestros corazones. Aprendí a trascender las contingencias de la mano de esos personajes adorables que a través de la pantalla entraron en nuestros hogares y formaron parte de nuestra historia. Pero la vida, no es un lecho de rosas. Y ellos, nos siguen enseñando. No nos han soltado la mano, ahora que la mayoría de nosotros, los que crecimos con una merienda y la tele prendida mirando al Chavo, ya somos adultos. Todos tenemos defectos y miserias, y de eso también hay que hacerse cargo. ¿Quién no esconde un muerto en el placard? Todos. Roberto Gomez Bolaños y su pandilla, no son la excepción. Pero más que un difunto en el armario, estos tenían un cementerio sobrepoblado de cadáveres. Quico le entraba a Doña Florinda, que a su vez era la esposa del Chavo. Don Ramón le dio masa a la Chilindrina y a la Bruja del 71. El señor Barriga era puto y se gastaba todo lo recaudado de la renta en fiestas negras y partuzas.
¡Llevaban una doble vida! ¡Me robaron la inocencia libertinos lujuriosos! Me siento ultrajada. Papá Noel son los padres, los Reyes Magos no existen y los personajes del Chavo, ¡más que una vecindad, tenían un cabaret! (Che, si organizan alguna fiestita del reencuentro, llamen...)

6 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, ya estoy pudiendo hablar del tema gracias a Dios. Estoy dando el primer gran paso… Es de lo único que hablo en terapia.

Dedicado a mi analista que me está ayudando a sobrellevar este trago amargo.