viernes, 12 de agosto de 2011

Una peli de terror

Ayer no me podía dormir. Me enganché mirando una película. Desde la adolescencia que no veía una de terror. Estaba desvelada. Y un poco pasada de vuelta también. No encontraba posición en la cama y el sueño no venía. Entonces prendí la tele. Error. Ya no me pude dormir más. Comencé a pasar los canales. No encontraba nada bueno para ver, hasta que, en uno de esos canales de películas, vi la típica escena de 8 jóvenes en una laguna, quitándose la ropa y sumergiéndose en aguas cristalinas entre risas y caricias. Di por sentado que estaba frente a una película de terror. Y así fue. Jóvenes que se pierden, desperfectos en los vehículos, rutas desiertas, casas deshabitadas, sonidos extraños, nadie en la gasolinera y la noche que se avecina…
Más que asustarme, me cagué de la risa. Era una estupidez detrás de la otra. Todas las situaciones eran increíblemente absurdas.
Por ejemplo:
·         Una poderosa luz estallaba a través de las rendijas de puertas cerradas de la mansión donde decidieron pasar la noche anunciando el peligro. Mi conclusión fue que entre asesinato y asesinato, los actores de reparto tenían una changuita. Un kiosquito de fotocopias. Sacaban copias detrás de la escenografía. ¡Esa luz no tenía nada que ver ahí! Además, con un sueldo de extra en una película de cuarta, no le alcanza a nadie para vivir, eso es obvio.
·         La cantidad de cuchillos que había en esa casa era impresionante. ¡Tenedores, no se vio ninguno!
·         La morada donde se refugiaron estaba deshabitada hacía más de 100 años según las leyendas del lugar, pero el asesino encendió la sierra eléctrica de un solo tirón. ¡Estaba aceitada, con combustible y en perfectas condiciones!
·         Cualquier mínimo tajito o corte que sufrían los protagonistas, la sangre saltaba como expulsada a chorro por una pistolita de agua. ¡Infaltable este aparatito para guerras de agua por su largo alcance!
Terminó la película y me dolía la panza de lo que me había reído. Me quedé saboreando un rico gusto a bizarro y ridiculez atómica por un ratito antes de apagar la tele. Apoyé la cara en la almohada y cerré los ojos. Había logrado despejar mi cabeza. Seguramente ahora sí iba a poder dormir. En eso, empecé a escuchar unos ruidos raros que venían de la cocina. “Tranquila, es simple sugestión” me dije, pero no pude volver a cerrar los ojos. Los tenía abiertos como dos huevos fritos. Me dieron ganas de hacer pis. Ni en pedo me levantaba para ir al baño. Me metí debajo de la colcha. Pasé de la risa y la burla al ridículo, a estar re cagada de miedo, sola en una casa, llena de ruidos  amenazantes en plena oscuridad. Estaba aterrada. Tanteé con una mano la mesita de luz y agarré el celular. Me lo puse debajo de la almohada por si tenía que hacer una llamada de emergencia y me volví a esconder debajo de las sábanas. Por suerte, ahí me sentía protegida. (Como si las frazadas de la cama fueran de manta blindada, o un escondite a prueba de criminales asesinos, o, simplemente, me protegieran de un posible ataque con cuchillos a manos de un demente esquizofrénico).
12 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, para la próxima, avisen si vienen a matarme en medio de la noche, así estoy depilada y con un lindo conjuntito de encaje. Una nunca sabe en qué momento el amor llamará a su puerta…

jueves, 11 de agosto de 2011

¿Qué hago acá?

Varias veces me pasó, encontrarme en una situación y no entender qué era lo que estaba haciendo allí, o qué era lo que me había llevado hasta ese lugar, cómo continuar, o simplemente, por qué no tenía el valor de ponerle un punto final.
El secreto está en cambiar el tiempo verbal de la pregunta “¿Qué hago yo acá?” por “¿Qué hacía yo ahí?” La solución siempre está en el tiempo. Tomar distancia permite ver más claramente, aunque no siempre se encuentren respuestas, pero sí tal vez, algunas explicaciones. Los apegos, las ilusiones, las oportunidades, las creencias y las costumbres son ataduras en nuestras manos y pies, son vendas en nuestros ojos, son un trozo de cinta en nuestra boca. Nos impiden movernos, cambiar de rumbo, ver, o sencillamente decir “BASTA”. Cuando uno cree profundamente en los sueños, es difícil reconocer que esa palabra es una opción, una posibilidad. Porque el camino es siempre hacia adelante. Porque hay que encontrarle la vuelta. Porque hay que adaptarse y reinventarse. Porque jamás se debe bajar los brazos. Entonces, es allí, cuando una noche uno se pregunta “¿Cómo llegué hasta acá? ¿Cómo pude permitir que todo esto sucediera?”
Creo en los finales felices. Y esa es mi impronta. Me dirijo hacia ellos sin importar las consecuencias porque los creo posibles, y no sólo en los cuentos. Porque al visualizarlos les imprimo credibilidad. El hecho de que sean creíbles los hace posibles. Por otro lado, es inevitable llegar a ese punto de desconcierto, a esa sensación de vacío y desorientación después de haberlo dejado todo, simplemente por creer en ello. Soy así. No concibo otra forma de hacerlo que no sea a través de la entrega y la pasión. Creer en los finales felices es firmar un contrato con la vulnerabilidad. Y no creo que el ser vulnerable sea algo negativo, por el contrario, es sinónimo de permeabilidad.  Ser permeable es animarse a vivir intensamente, a sufrir, a vibrar, a ser feliz… Ser permeables es absorber la vida.
Ayer a la noche, por primera vez, cambié el tiempo verbal de mi pregunta. El “¿Cómo llegué hasta este lugar?” fue reemplazado por “¿Cómo pude alguna vez estar ahí?”. Sentí que el paso del tiempo había empezado a cerrar las heridas. Porque hay una diferencia muy grande entre ambas preguntas. La primera, se formula desde la confusión y la necesidad de encontrar una respuesta que te permita seguir. Entender qué es lo que está sucediendo cuando lo que pasa nos desborda, es prácticamente imposible. La segunda pregunta, la que nos ubica en un presente, mirando hacia atrás, está enunciada desde otros cimientos. Ya no hay sensación de inestabilidad ni falta de direccionalidad para continuar. Preguntarme hoy “¿qué hacía yo allí?” nada tiene que ver con un reproche ni con una necesidad de encontrar culpables. Simplemente, me permite indagar en aquello que me ocurrió para comprender mejor quién soy yo ahora, qué he aprendido de ello y con qué nuevas herramientas puedo continuar…
11 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer permeable.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Filósofos de la esperanza






“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol.”
Martin Luther King







“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría a una minita porque me pintó salir con una de tetas más grandes, o le haría un buen verso a una para encamarme con ella y después no le daría más bola, y seguiría mandando mensajitos de texto a espaldas de mi novia para ver si alguno de mis huesitos muerde el anzuelo.”
P.T.





Glosario: P.T.: Abreviatura de Plastic Toy.  Pseudónimo con el que a partir de hoy se nombrará a mi último y patético ex novio en este blog.

10 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena ¡Puta que era hombre de principios esperanzadores mi ex! Y yo que pensaba que no servía para una mierd…

martes, 9 de agosto de 2011

¿Estás bien? Te noto demacradita…

La convivencia laboral es todo un arte y yo no me considero una persona muy diplomática que digamos. Por el contrario, cada dos por tres se me salta la chaveta y ¡otra que la bomba atómica! ¡Termino víctima de mi propio tsunami verbal!
Ayer, protagonicé esta hermosa conversación con una compañerita de trabajo que me lleva unos cuantos añitos. Ella habla todo con diminutivo, viste una rebosante sonrisita falsa todo el día y cubre su estirada piel del rostro con toneladas de revoque, labios rojos, cejas delineadas y pestañas postizas. Prácticamente no interactúa no el personal femenino de la oficina. Su especialidad son los solteros, divorciados, separados, casados, juntados, etc., etc., etc.
Yo estaba concentrada, completando unos formularios en la compu, cuando de repente la veo parada frente a mí:
- Che Maria, hace un par de días que no te veo bien, ¿estás enfermita? – me preguntó con un tono irónico que me hizo dudar. Las yeguas trepadoras como ella, jamás hacen preguntas inocentes o como mero gesto de buen compañerismo.
- No, para nada. ¿Por? Estoy un poco cansada, nada más.
-  ¡Ah, me quedo más tranquila! Parecés enfermucha. Te lo pregunto porque cada día te noto más demacradita y además, hoy a la mañana, vi al Doctor Martínez salir de tu oficina... Capaz vino a hacerte un “service”, digo, una visita domiciliaria…
- Mmmm… No sabía por qué lado venía tu” preguntita”. Ahora entiendo todo… Gracias por preocuparte, divina. Pero estoy muy bien de salud. El doctor vino a buscar unos papeles que me dejó Ramírez.
Tenía ganas de matar a esa envidiosa mosquita muerta pero conservé la calma todo lo que pude, hasta que la muy lengua bífida arremetió con todo y me dijo:
- Bueno. Me quedo más tranquila. Creí que estabas enfermita y que el doctor había venido a tomarte la temperatura personalmente… Pareciera que estás hirviendo, nena…
- Mirá, vieja de mierda. Acá el gato sos vos. Larga y reconocida reputación tenés. ¡Giro de cuarta! Cada vez que tu marido viaja al interior, se ve salir a varios militares de tu casa. ¿Y sabés? Yo te encaro para preguntarte si te estás por enlistar en el ejército o si te estás preparando para la guerra, ¿o sí? Lo que pasa es que a vos, no sólo los militares te dan bomba cuando tu esposo no está, también los plomeros vienen a destaparte los caños, los carpinteros te clavan por todos lados y los albañiles te dan masa…

9 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer demacrada pero sana, civil pero guerrera…

lunes, 8 de agosto de 2011

Una máquina de hacer cagadas

Ya no le doy más vueltas. Soy una máquina de hacer cagadas. Si las cagadas cotizaran en bolsa, sería millonaria. Mi producción ininterrumpida de cagadas a lo largo de toda mi vida merece un reconocimiento. Me imprime un sello de personalidad. Lo que toco, lo arruino. Si existe una posibilidad de que algo salga mal, yo aumento las probabilidades. Sin embargo, en las últimas 72 horas he batido mi propio record.
En resumen, el viernes llegué muy tarde a casa después del laburo. Fue un día interminable. Infernal. En toda la tarde creo que pude levantarme una sola vez para ir al baño. Cuando llegué a la puerta del departamento, tipo 10:30 de la noche, la vejiga me explotaba. Y viste que cuando estás en la puerta de tu casa y ponés la llave en la cerradura, te relajás. Pensás en lo cerca que estás de conseguirlo y esto, por lo general, te juega una mala pasada. Bueno, eso mismo me pasó. Me relajé y me piyé encima. Un poco nada más. En la desesperación por llegar al baño y desechar los líquidos en el lugar adecuado, me arranqué el botón del pantalón que se me había trabado y me senté en el inodoro.  El “plop” que sentí me llamó poderosamente la atención. Los “plops” se disfrutan cuando uno está sentado en el trono haciendo lo “dos”, es decir, haciendo cacona no pipino. Y yo estaba meando, no cagando; así que ese ruido no tenía nada que ver. Una vez que terminó de salir todo el pipí contenido durante más de 6 horas, miré hacia el fondo del excusado y ahí estaba. Mi celular. Esa explosión de agua era mi celu cayendo del bolsillo de mi jean y hundiéndose en las profundidades de agua y meo de mi inodoro. En la desesperación, metí la mano para sacarlo. Abrí la canilla y lo enjuagué. Después, lo desarmé y lo sequé con el secador de pelo. Como la ansiedad me mata, una hora más tarde, ya lo había armado para ver si funcionaba.  Lo prendí. Es fácil hablar con el diario del lunes. Hoy lo llevé a arreglar y el técnico me dijo que lo peor que le pude haber hecho al aparato fue prenderlo cuando todavía estaba mojado. En síntesis, el teléfono no tiene arreglo. Pero hay algo más. Como estaba muerta de hambre y no tenía ganas de estar una hora con el secador en la mano, lo dejé enchufado en el baño, apoyado en una toalla, apuntando al celular, y me fui para la cocina a prepararme unos fideos. La señal que determinó que dejara de secar el celu fue el olor a quemado que venía del baño. El secador pasó a mejor vida. Los fideos se me pegaron, pero los comí igual. El sábado rompí el único vaso de vidrio que me quedaba, y mientras limpiaba la ducha, me manché el pantalón con lavandina. Mi único consuelo fue que, por lo menos, era el mismo pantalón al que le había arrancado el botón el día anterior. Por último, ayer vino una amiga a tomar unos mates a casa. Sin querer, se me cayó la pava eléctrica que me regaló mi hermano al suelo.  Obviamente, la rompí. El agua caliente mojó el estabilizador donde tengo enchufada la compu pero por suerte, no hubo un cortocircuito. Para cerrar con el tema, hoy a la mañana cuando me metí en la ducha, me di cuenta que me había olvidado de comprar shampoo y crema de enjuague (por algo era mi post del día de ayer, hablando de los tipos de shampoo según cada mujer). Así que me envolví en una toalla, sequé mi cuerpecito y vine a trabajar sin higienizarme y con un agradable olor a mujer que ya no lo aguanto. No quiero llamar demasiado la atención en la oficina. Jamás estuve con las piernas cruzadas tanto tiempo…

8 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, productora N°1 de desechos cloacales del mundo.

domingo, 7 de agosto de 2011

Un shampoo para cada tipo de mujer

Shampoo Liso Extremo: Ideado especialmente para mujeres que no tienen ni un gramo de teta. Recomendación: Luego del enjuague, utilizar el Acondicionador Push-Up para realzar algo.
Shampoo Cuerpo y Volumen: Principalmente diseñado para mujeres con implantes, siliconas, botox y colágeno. Contraindicaciones: Evitarse en obesas y culonas o tetonas naturales por riesgo de sobredosis.
Shampoo Control Caída: Pensado para madres durante el período de lactancia. Consejo útil: Luego del primer enjuague, frotar el  producto durante dos o tres minutos  entre las mamas. Con este masaje diario, usted evitará la pateadura de tetas al caminar después de los sesenta.
Shampoo Ondas Bien Definidas: Magnífico para mujeres feas a las que nadie les tira onda. En esta fórmula encontrarán al menos alguien o algo que se defina por ustedes.
Shampoo Reparación y Fuerza: Excelente para damas despechadas que desean reiniciar su vida. Se recomienda complementar este producto con sesiones de terapia, o grupos de autoayuda.
Shampoo Color Vital: Perfecto para aquellas que pasan 24 horas en la oficina y la luz del sol no les pega ni de casualidad en la cara. Combate el color encierro.
Shampoo Flores Silvestres: Fórmula principalmente diseñada para aquellas mujeres que se dejan crecer los cardos de las piernas en el invierno. Brinda sensación de frescura y libertad.
Shampoo Protección Total: Pensado especialmente para seres sensibles que, a falta de un hombre a su lado, encuentran en este producto la contención afectiva que están necesitando.
Shampoo Revitalización Profunda: Diseñado para mujeres después de un largo período de abstinencia sexual. Innovadora fórmula en su nueva presentación en POLVO.
Shampoo Leche de Pepino: Ideal para uso diario. Todo tipo de mujer. Aclaración: También se lo puede encontrar como “Leche de maní”, dependiendo del caso.

7 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, yo por ahora, voy a cambiar el shampoo por un buen desengrasante. Las publicidades lo dicen claramente  "disuelve la grasa, hasta la más difícil" a ver si adelgazo un poco…

sábado, 6 de agosto de 2011

La tele es como la vida misma

Me viene la imagen de mi abuela cuando éramos chicos, diciéndonos que mirar demasiada tele nos iba a hacer mal. Literalmente, nos aseguraba que estar frente al televisor “nos iba a atrofiar el cerebro”.
Queridísima abuelita, mi infancia televisiva ha sido determinante en mi vida.  No sería quien soy de no haber pasado largas jornadas frente al chupete electrónico consumiendo felicidad en estado puro. La tele es maravillosa. Me permitió extender mi horizonte, abrir mi mente y proyectarme como agente protagonista de esta sociedad. Pero, qué mejor ejemplo para hablar de las virtudes de pasarse horas y horas frente al televisor, que recordar “El Chavo del 8”. Valores tales como la humildad, el respeto, la amistad, la lealtad, la tolerancia, el amor y la gratitud eran moneda corriente en la vecindad de ese dulce huerfanito que conquistó nuestros corazones. Aprendí a trascender las contingencias de la mano de esos personajes adorables que a través de la pantalla entraron en nuestros hogares y formaron parte de nuestra historia. Pero la vida, no es un lecho de rosas. Y ellos, nos siguen enseñando. No nos han soltado la mano, ahora que la mayoría de nosotros, los que crecimos con una merienda y la tele prendida mirando al Chavo, ya somos adultos. Todos tenemos defectos y miserias, y de eso también hay que hacerse cargo. ¿Quién no esconde un muerto en el placard? Todos. Roberto Gomez Bolaños y su pandilla, no son la excepción. Pero más que un difunto en el armario, estos tenían un cementerio sobrepoblado de cadáveres. Quico le entraba a Doña Florinda, que a su vez era la esposa del Chavo. Don Ramón le dio masa a la Chilindrina y a la Bruja del 71. El señor Barriga era puto y se gastaba todo lo recaudado de la renta en fiestas negras y partuzas.
¡Llevaban una doble vida! ¡Me robaron la inocencia libertinos lujuriosos! Me siento ultrajada. Papá Noel son los padres, los Reyes Magos no existen y los personajes del Chavo, ¡más que una vecindad, tenían un cabaret! (Che, si organizan alguna fiestita del reencuentro, llamen...)

6 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, ya estoy pudiendo hablar del tema gracias a Dios. Estoy dando el primer gran paso… Es de lo único que hablo en terapia.

Dedicado a mi analista que me está ayudando a sobrellevar este trago amargo.

viernes, 5 de agosto de 2011

El grito

gritar v. tr./intr.
1   Hablar dando voces o levantando mucho la voz dando sonidos penetrantes.
— v. intr.
2   Dar gritos una persona por alguna causa determinada: grita para desahogarse.
— v. tr.
3   Reñir o regañar a una persona o dar una orden levantando la voz: no me grites, que yo no he hecho nada.

5 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena; incluso a mí, que me cuesta horrores resumir cualquier tema, me parece que nunca mejor expresado lo que siento que con esta imagen. ¡Cambio y fuera! ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!

Edvard Munch El grito

jueves, 4 de agosto de 2011

Cinco minutos bastan para soñar toda una vida

“Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo”.
Mario Benedetti.

Alguien alguna vez me dijo: “Jamás tomes decisiones permanentes sobre emociones temporales”. ¡Ja! ¡Ojalá pudiera discernir las emociones! Vibro con las sensaciones y elijo vivir intensamente cada segundo de mi vida. Poder descifrar el enigma de lo permanente y lo temporal es demasiado relativo… Si cinco minutos pueden darle sentido a toda una vida, cómo elegir aquello que vale la pena. Cuando uno conserva la capacidad de asombro intacta, y cada día es un nuevo desafío, ¿cómo hacer para entender si algo es duradero o no, o más profundo aun, si algo, simplemente por ser duradero, vale la pena? ¿Cómo determinar si es sólo la imaginación la que sostiene las emociones, o si es una realidad tangible la que las nutre? ¿Cómo establecer una escala de valor entre lo real y lo soñado? Los impulsos muchas veces nos dejan al borde del abismo, y otras, nos recubren por completo de felicidad… Si cinco minutos bastan para soñar una vida, ¿cómo no animarse a vivir intensamente?

4 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, intensa, impulsiva, kamikaze, soñadora, depresiva y feliz.   

miércoles, 3 de agosto de 2011

Filósofos del esfuerzo





“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa.”
Mahatma Gandhi




“La recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado a la hora de prepararme para salir un sábado. Un esfuerzo total (maquillaje, peluquería, ropa nueva, depilación profunda) es una victoria completa (Sí, para la pobre cosmetóloga, el peluquero, la vendedora de ropa y la depiladora. ¿Sabés lo que cuesta dejar más o menos lindo a semejante bagarto como yo?)”.
Maria Pena


3 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, mujer muy esforzada.

martes, 2 de agosto de 2011

Galletitas de zanahoria

Terminar de bañarse y mirarse en un espejo de cuerpo completo en pleno invierno, es una prueba de valor y coraje que pocas personas pueden superar.
Me siento como un pan de manteca fuera de la heladera.
Soy pegajosa y de color blanco viejo amarillento. No tengo forma y estoy cada vez más blanda. Nadie quiere “comerme” así nomás porque soy horrible y si alguien me llegara a poner un dedo encima, me deshago, me derrito al instante…



2 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena. Acá les dejo una recetita bien fácil: mézclenme con harina, una pizca de sal, un buen par de huevos y una zanahoria y métanme al horno a temperatura máxima. ¡Y que sea lo que Dios quiera!

lunes, 1 de agosto de 2011

¿Quién es Maria Pena?

Hace un par de días, un anónimo dejó este comentario en mi blog, en la página ¿Quién es Maria Pena?http://mujersintalentos.blogspot.com/p/quien-es-maria-pena.html :
“CREO QUE TIENES DEMASIADOS DEFECTOS PARA SER REALES, ¿NO ESTARÁS EXAGERANDO UN POQUITO?”
Bueno, como lo que me sobra en la vida es caudal verbal, le dejo esta carta abierta como respuesta.

Carta abierta a un anónimo

Que soy fea, eso lo sabe todo el mundo. Es una cualidad que salta a la vista y me imprime personalidad. Puedo ser simpática, divertida, hasta incluso, el alma de la fiesta, pero si hay algo que no soy, es estéticamente armónica.
Lo de bipolar, es más que obvio. Basta con leer una semana seguida de mi diario en este blog para darse cuenta de ello. Antes, a las desequilibradas emocionales, se nos decía simplemente “locas de mierda”, ahora, se nos da un nombre más sofisticado “bipolares”.
Lo de la celulitis, flaccidez, falta de tonificación en los brazos y estrías en el culo, señor anónimo, lo padecemos absolutamente TODAS las mujeres. Algunas en mayor o menor medida que otras, eso es verdad, pero el “yo no tengo nada de celulitis” es una vil patraña, una mentira descarada y escandalosa.
Por otro lado, el perfil griego lo tengo; jamás publicaría una foto de perfil mía en ningún lado. El dedo roto del pie izquierdo y las durezas del talón las luzco solamente en verano cuando visto sandalias u ojotas. Las orejas de Dumbo las tapo con el pelo, al igual que uso mi flequillo para disimular mi frente prominente con sus arrugas.
Mi falta de talento para la música no me priva de disfrutar del canto, los que sufren son los que me escuchan, pobres. Mi especialidad en la danza es el carnaval carioca. Más que eso, no le pida a mi cuerpo. Pareciera que este no reconoce las extremidades a la hora de coordinar movimientos rítmicos cuando bailo.
La postergación en la depilación invernal, tiene que ver más con un instinto de supervivencia que con una falta de determinación para hacerlo o simple dejadez. Todos los animales usan su pelaje para protegerse del frío, ¿por qué no lo voy a hacer yo también?
El tema de la comida entre los dientes, es todo un tema. Con esto, no quiero decir, mi querido anónimo, que ando por la vida con un pedazo de milanesa de soja a la napolitana entre las paletas de adelante. Para nada. Los restos de comida se me atascan en los colmillos, bien pegadito a la encía. Pero por suerte, para eso están los amigos que me avisan si se me ve algo verde o rojo, cuando me río.
Lo de las menstruaciones abundantes es hereditario, a mi madre también le pasaba. Las toallitas con alas comunes o ultrafinas no son suficientes. Por lo general, uso las súperabsorbentes nocturnas que me mantienen más segura todo el día. Así y todo, cada dos por tres, sufro algún que otro desborde.
No sé cocinar, ni quiero aprender a hacerlo. Entiendo que la comida es una ofrenda de amor que se le hace a la familia todos los días, pero prefiero expresar mi cariño utilizando otro tipo de recursos como la charla, los gestos, los mimos o la compañía. La prueba de amor más grande en mi caso, es que alguien se tome un trago de mi café sin gesticular nada. Jamás le engancho el punto justo; o está demasiado fuerte, o muy suave, o intomablemente dulce, o se me hierve el agua. Sólo en ocasiones especiales lo bato para que sea espumoso porque me da mucha fiaca.
Lo de las hemorroides, le puede pasar a cualquiera, sólo que muy pocos lo admiten públicamente; lo mismo que ¿quién no se contagió hongos en una ducha alguna vez? El famoso pie de atleta. Por suerte, ya hice el tratamiento para erradicar esos desagradables y olorosos champiñones. No obstante, estuve cuatro meses con los dedos naranjas de ponerme yodo todos los días, además de arruinar varios pares de medias.
Las piezas dentarias faltantes ya tuvieron sus reemplazos y ahora estoy con el equipo completo de nuevo. Paradójicamente, tener todos los dientes otra vez, me costó un ojo de la cara.
El pelo grueso en la teta lo tengo desde que me acuerdo y me lo saco con la pincita apenas me empieza a crecer. Los moquitos secos se me asoman de la napia aunque no esté resfriada y disimulo para sacármelos porque me pican. Me como las uñas de nerviosa y ansiosa no más.
No me gusta aparentar ser más de lo que soy, tengo un celular del año del pedo y no me engancho en usar palabras que están de moda para nombrar cosas cotidianas como “gym” en lugar de “gimnasio”, o colores “camel” y “coral” para hablar del “beige” y “rojo”.
Mi enorme cabeza es un regalo del abuelo y las liendres son obsequio de sobrinos y vecinitos. ¡Por suerte, existe el peine fino!
Mi ombligo es enorme por culpa del obstetra que atendió a mi madre en el parto y me lo anudó así. Aunque en este punto debo admitir, que en ciertas ocasiones, me dijeron que mi pupo era sexy.
Mi baja autoestima para elegir pareja me jugó en contra toda la vida. Así soy de inoportuna e insistente para los llamados cuando quiero compartir con alguien una gran alegría o una profunda tristeza. Hablo demasiado, de eso no hay ninguna duda.
No califico para ningún préstamo porque tengo un sueldo de mierda, pero así y todo, me levanto todos los días bien temprano para ir a laburar. Alquilo desde los 18 años porque siempre fui muy independiente, pero a su vez, esto no me ha permitido ahorrar ni un centavo. Vivo al día.
Mi extremismo a la hora de vibrar con las cosas que me pasan se traduce en mi tono de voz y mi risa fuerte y explosiva. No lo puedo evitar. Vine con megáfono incluido. 
Jamás aprendí a manejar, a pesar de que algunos de mis ex me han intentado enseñar a hacerlo. La premisa machista de “maneja como el orto, seguro que es una mina” se aplica perfectamente en mi caso, no por ser una mujer al volante, sino porque simplemente manejo como el culo.
Por último, lo de celosa, envidiosa, impulsiva, obsesiva, perfeccionista, egocéntrica, torpe, llorona y ciclotímica, no tengo porqué esconderlo. Querido anónimo, soy todas esas cosas y más, pero intento reivindicarme siendo una buena persona. No reniego de mis defectos, ni intento esconderlos debajo de la alfombra. Tampoco me enorgullezco de tenerlos. Simplemente, los acepto y me río de ellos y con ellos encima.

1 de agosto de 2011 – Diario de Maria Pena, como dice Tita Merello en el final de su canción “…¡Yo soy así!” Chin, pun.